30 septiembre 2012

La DEUDA es una colosal extorsion a nivel mundial

 Un libro que informa en detalle y de forma clara sobre el gran engaño que vivimos y en manos de la mafia financiera en la que hemos dormido despiertos

La tiranía de la deuda en el imperio de los acreedores

 

El antropólogo estadounidense David Graeber, líder del movimiento 'Occupy Wall Street,' reexamina en la obra 'En deuda' los violentos cimientos económicos del capitalismo, describe la deuda como una herramienta de los Estados para controlar a los ciudadanos y emplaza a una condonación de los créditos

El antropólogo estadounidense David Graeber

El antropólogo estadounidense David Graeber

 
David Graeber,  ha conseguido lo que en el subtítulo de este En deuda (Ed. Ariel) promete: 

Una historia alternativa de la economía. En efecto, en poco más de quinientas páginas y otras doscientas de notas y excelente bibliografía, Graeber destila su tesis central: “¿Qué es una deuda al fin y al cabo


Una deuda es tan solo la perversión de una promesa. Una promesa corrompida por la matemática y la violencia.” 

Y es que a lo largo de este libro la idea de que la violencia está inscrita en nuestra lógica económica y se haya en la misma naturaleza de sus instituciones es clave para entender la propuesta de su autor:

Hacer tabla rasa de toda la deuda y comenzar de nuevo. Y sí, así dicho parece un tanto naif, ¿lo es?, pero les aseguro que el lector de En deuda se va a encontrar con un repaso impecable de la historia de la economía desde Mesopotamia hasta la actualidad y así intentar demostrar la falacia que se encuentra detrás de la tesis de Adam Smith de que la propiedad, el dinero y los mercados son anteriores a las instituciones políticas y la base misma de la sociedad humana.
'El prestamista y su esposa'. Cuadro de Quentin Metsys.

El trueque según Smith es consustancial a la naturaleza humana y en ello radica la historia económica por lo cual las instituciones políticas no tienen otro sentido que el garantizarlo y protegerlo. Y aquí es donde David Graeber desmonta el argumento desde la antropología al considerar el trueque como “un subproducto colateral del uso de monedas practicado por personas acostumbradas a transacciones en metálico cuando por una u otra no tenían acceso a moneda.”

Y dando por demostrado que sin dinero los sistemas de trueque no se dan, y aceptando que la moneda no es mercancía sino unidad de medida, la pregunta que se realiza es

¿Qué mide el dinero?: “Deuda. 

Una moneda es, efectivamente, un pagaré”. Es así como los Estados crean los mercados para la garantía del pago de la deuda y lo que los justifica, por ello la historia de la misma deuda y de los mercados es inseparable de la violencia, la esclavitud, la conquista, y siempre vinculado a instituciones fuertes (sean divinas, imperios, monarquías…) porque Estado y Mercado se necesitan mutuamente para su supervivencia. En suma, que trueque y moneda son deuda y para que esta sea fiable requieren al Estado que tiene como finalidad la garantía de la misma.

La esclavitud ocupa un lugar importante. 

Siendo como es una consecuencia de la guerra en alguna de sus formas, el perdedor “entrega su vida”, la deuda entendida como absoluta e infinita.
Al aparecer el mercado de esclavos la deuda deja de ser absoluta y se convierte en cuantificable, de hecho el autor sostiene que fue exactamente esta operación la que hizo posible el surgimiento de la forma contemporánea del dinero.

Por tanto es la deuda lo que nos hace posible imaginar al dinero en su sentido contemporáneo, y por tanto lo que ahora llamamos mercado, un lugar donde todo está en venta porque todos los objetos son (como los esclavos) separados de sus antiguas relaciones sociales y existen solo en relación al dinero.

David Graeber:
“La esclavitud formal se ha eliminado, pero (como puede corroborar cualquiera que trabaje de ocho a cinco) la idea de que uno puede alienar su libertad, al menos temporalmente persiste.
En realidad es la que determina qué debemos hacer la mayoría de nosotros en nuestras horas de vigilia, excepto, en gran medida, apartada de la vista.

Pero esto se debe, sobre todo, a que somos incapaces de imaginar como sería un mundo basado en arreglos sociales que no requieran la constante amenaza de tásers y cámaras de videovigilancia.”

El autor a partir de ahora pasa a discernir los “grandes ritmos” que definen el actual momento histórico. Comienza por los primeros imperios agrícolas (3500 a.C) donde ya existían mercados, continúa por la etapa de las primeras acuñaciones de moneda (Era Axial, 800 .a.C) coincidiendo con el nacimiento de las mayores religiones del mundo en la China, India y Medio Oriente, donde usando el término de Geoffrey Ingham lo define como “complejo militar-acuñador” y le añade “esclavista”.
Y si esta etapa será la de la aparición de los ideales complementarios de los mercados y las religiones, la Edad Media fue el periodo en el que ambas instituciones comienzan a fusionarse:
“Si la Era Axial fue la era del materialismo, la Edad Media fue ante todo, la era de la trascendencia. El derrumbe de los antiguos imperios no llevó, en su mayor parte, al surgimiento de otros nuevos. En lugar de ello, movimientos religiosos otrora subversivos acabaron catapultados a la posición de instituciones dominantes.

La esclavitud entró en declive o desapareció, al igual que el nivel general de violencia.  
Conforme el comercio volvió a despegar, también lo hizo el ritmo de innovaciones tecnológicas; la paz más duradera trajo mayores posibilidades no tan solo para el movimiento de especias y sedas, sino también de gentes e ideas.”

Durante la mayor parte del periodo medieval la moneda se desvinculó considerablemente de las instituciones coercitivas y florecieron instituciones que requerían de un mayor grado de confianza social.

En la Era de los Imperios Europeos (1500-1971) el mundo experimentó una reversión de la esclavización masiva, el saqueo y las guerras de destrucción junto al consiguiente y rápido regreso del oro y plata como la forma principal de dinero.

Graeber destaca del periodo la disolución entre el dinero y las instituciones religiosas, y su posterior vinculación con instituciones coactivas (en especial el Estado), fue aquí acompañado de una reversión ideológica al “metalismo”.

El crédito pasa así a ser una prioridad para todo gobierno y una forma de financiar el déficit, forma de crédito inventada para financiar las expansiones y sus guerras.
Evidentemente, también es el momento del surgimiento del capitalismo, revolución industrial, democracia representativa… ¡y otra vez el autor retorciendo nuestras creencias más indiscutibles!, lo que consideramos libertad económica ha estado fundamentada en una lógica como la mismísima esencia de la esclavitud:

“… el nacimiento del nuevo capitalismo no es sino un gigantesco aparato financiero de crédito y deuda que opera, en la práctica, para extraer más y más trabajo de todo aquel que entra en contacto con él, y en consecuencia produce un crecimiento en la cantidad de bienes materiales. No lo hace solo desde la obligación moral, sino, sobre todo, empleando la obligación moral para movilizar pura fuerza física. En todo momento, reaparece la conocida, pero típicamente europea, asociación de guerra y comercio, a menudo en formas sorprendentemente nuevas.” Por estas formas Graeber se refiere a las Bolsas, deudas nacionales (dinero-deuda era dinero-guerra) y otras corporaciones privadas.

Y la última etapa, la actual, que comienza en 1971 cuando Richard Nixon anuncia el fin de la convertibilidad del dólar al oro acabando de manera definitiva con el patrón oro internacional y creando así los regímenes de libre flotación de la actualidad. Es la era del dinero virtual donde rara vez interviene el papel moneda en las grandes operaciones y las economías nacionales se mueven a través del crédito. La especulación y los instrumentos financieros se han convertido en una entidad en si misma sin ningún vínculo inmediato con la producción o el comercio.

Y una reflexión sobre el entristecido hombre de hoy y su carga como individuo en las sociedades de hoy:

Todas estas tragedias morales parten de la noción de que la deuda personal está causada, en último término, por excesos, que se trata de un pecado contra los seres queridos, y, que, por tanto, la redención es cuestión de purgar y de restaurar una ascética abnegación (…); es, en definitiva, la propia vida social la que se ve como un abuso, como un crimen, como algo demoniaco.”


En fin, habrá notado el lector que David Graeber tiene una visión antagónica con la concepción mayoritaria de la Economía se mezcla con una interpretación igualmente alternativa de la Historia. ¡Y desde la antropología!, ¡Les aseguro que se agradece!
Este es un libro lleno de erudición (he evitado centrarme en las cuestiones más propias del debate filosófico) que desde luego supera muy de largo la práctica totalidad de la literatura indignada y que no debe faltar en ninguna biblioteca que pretenda abarcar el pensamiento de nuestro tiempo.

El mundo necesita condonar todas las deudas existentes

Tanto las internacionales como la de los consumidores. De esta manera, se “aliviría sufrimiento” y la humanidad recordaría que el “dinero no es inefable”, que “pagar los propias deudas no es la esencia de la moralidad” y que la democracia es el sistema que permite a las personas ponerse de acuerdo para buscar lo mejor para todos.
Esta es la “propuesta” que lanza el antropólogo estadounidense David Graeber.

La propuesta de Graeber, doctor en Antropología y profesor del Goldsmiths de Londres, no es producto de una genialidad propia, siquiera de una observación de la realidad económica del mundo occidental, sumido en una grave crisis de deuda desde 2008.  516 de páginas, en las que reexamina los orígenes de diferentes mitos y aseveraciones que el sistema ha convertido en verdades indiscutibles como el origen del capitalismo o el propio concepto de deuda.

La premisa que da lugar al análisis de la historia económica es contundente.

Tras la explosión de la crisis en 2008 quedó patente que “la historia que se había contado a todo el mundo durante la última década se había revelado como una inmensa mentira”. 
Por lo que Graeber considera imprescindible iniciar un “auténtico debate público acerca de la naturaleza de la deuda, del dinero y de las instituciones financieras que han acabado teniendo el destino del mundo en sus manos”. Un debate indispensable en las puertas de un cambio de era, según Graeber. “Cada vez más, parece que no tenemos otra opción”, asevera.

El análisis de Groeber, reconocido anarquista, arranca desde la propia raíz del asunto. El origen de la economía. La teoría tradicional explica el nacimiento de la economía a través de El mito del trueque. Una vaca por 40 gallinas. Para Groeber el trueque no es más que “un subproducto colateral del uso de monedas practicado por personas acostumbradas a transacciones en metálico cuando por una u otra razón no tenían acceso a moneda”.

Pero la confusión histórica no es casual. Adam Smith, en su obra La riqueza de las naciones (1776), acude al trueque para señalar la economía como un mero intercambio, como dos partes de un contrato.

Smith y los posteriores historiadores de la economía olvidan adrede,  que  

la historia del mercado y de la deuda, y del capitalismo por extensión, están ligadas a la guerra, la conquista militar, la esclavitud o el tráfico de personas

Remarca Groeber que la deuda y el mercado no han existido sin la compañía de una institución fuerte, ya sea ley sharia, la monarquía de origen divino, o el Imperio romano que imponen a ciudadanos o súbditos que imponga determinados tributos, impuestos y dé valor a las deudas adquiridas.

La diferencia entre los dos conceptos resulta fundamental para conseguir una definición del concepto “capitalismo”. Si partimos de que la economía surge del intercambio el capitalismo puede ser conceptualizado como un sistema que “permite a quienes tienen ideas potencialmente comercializables reunir recursos para hacer realidad”. Por tanto, incluyendo todo lo anteriormente descrito, el capitalismo no sería más que el sistema en el que los que poseen capital manda e imponen condiciones sobre los que no lo tienen.


Todas las sociedades, menos esta, han protegido a los ciudadanos de los acreedores

Para Groeber, la economía como tal surge en el momento en el que en la antigua Mesopotamia se iniciaron a contabilizar por escrito las deudas. En todas y cada una de las experiencias humanas en sociedad, argumenta Groeber, ha existido la deuda. Sin embargo, las diferentes civilizaciones, como la romana o la griega, quienes también se vieron envueltas en diferentes crisis de deuda, insistieron en “suavizar el impacto, eliminar abusos evidentes como la esclavitud por deudas” o “emplear los botines del imperio para proporcionar todo tipo de beneficios extra a sus ciudadanos pobres a fin de mantenerlos más o menos a flote pero que nunca cuestionaran el propio concepto de deuda”.

Asimismo, otras sociedades aplicaban una especie de año Jubileo en el que se borraban todas las cuentas y se reiniciaban las cuentas para que las bases sociales del sistema no se sublevaran.

El imperio capitalista, forjado durante los últimos 500 años, aprendió esta lección. A través de la deuda, sus principales potencias establecieorn una jerarquía mundial condenando a una gran mayoría del mundo a una esclavitud eterna (en este punto el autor pone como ejemplo la historia de Haití, pero sabía cómo mantenerse.

El sistema en una "situación de conflicto de clases" límite que ponía en peligro su propia viabilidad, debido al auge del comunismo en el período de entreguerras y tras la Segunda Guerra Mundial, supo repartir “los botines del imperio de la deuda” entre los ciudadanos de los países dominantes.

Tal y como hizo Roma o Atenas para superar sus respectivas crisis de deuda.

En el caso de que las instituciones no respondieran a tiempo a la situación de crisis se corría el peligro de una sublevación popular.

“A lo largo de la mayor parte de la historia, cuando ha aparecido un conflicto abierto entre clases, ha tomado la forma de peticiones de cancelación de deudas:
la liberación de quienes se contraban en la servidumbre por ellas y, habitualmente, una redistribución más justa de las tierras”, escribe.

El sistema aplicó las tesis keynesianas y “suspendió la guerra de clases”. “Para explicarlo crudamente: a las clases trabajadoras y blancas de los países de Atlántico Norte, de Estados Unidos a Alemania, les ofrecieron un trato.

Si acordaban dejar de lado las fantasías de cambiar radicalmente la naturaleza del sistema, se les permitiría mantener sus sindicatos, disfrutar de una amplia gama de ventajas sociales (...)”, explica.

Aunque el déficit ha descendido a un ritmo moderado, la presencia de la deuda no ha dejado de crecer.



La conquista neoliberal

Sin embargo, en 1979 con la llegada de Ronald Reagan y Margaret Thatcher al poder en Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente, el sistema capitalista volvió a mutar y el “trato quedó deshecho”.

Así quedó explícito en el ataque conjunto que ambos dirigentes lanzaron a los sindicatos de trabajadores.
En ese momento, el sistema buscó que todos los ciudadanos se convirtieran en “rentistas”, que jugaran en el mercado y, al mismo tiempo, les “animó a pedir préstamos”. Lo llamaron la “democratización de las finanzas” o "neoliberalismo", Groeber no duda en calificarlo como “el imperalismo de la deuda”.

"La crisis demuestra que lo que nos han dicho los últimos diez años es mentira"

En este sistema los ciudadanos son “minúsculas corporaciones, organizadas en torno a la misma relación entre inversor y ejecutivo: entre la fría y calculadora matemática del banquero y el guerrero que, endeudado, ha abandonado cualquier noción personal de honor para convertirse en una especie de máquina desgraciada”.
Sin embargo, esta forma de capitalismo también ha fracasado y ha llegado a su fin porque está demostrando cada día que transcurre desde el inicio de la crisis que todo es “una flagante mentira”.

No obstante, a diferencia de otras fases de la historia el Estado o el Imperio no ha actuado para defender a la población de los acreedores. Muy al contrario, ha obligado a los “deudores pobres” a rescatar a los “deudores ricos” y ha modificado las normas para proteger a los acreedores de manera que el pago de la deuda por parte de los pobres sea obligatoria.

Resulta que no todos tenemos que pagar nuestras deudas, sólo algunos”, analiza.

Reiniciar el sistema

Por ello, Groeber emplaza a “limpiar la pizarra [de deudas] a todo el mundo y volver a comenzar”. La manera de organizarse en esta nueva etapa aún es desconocida. La alternativa no lo tendrá fácil, recuerda Groeber, quien señala que durante los últimos treinta años la sociedad ha presenciado “la creación de un vasto aparato burocrático para la creación y mantenimiento de la desesperanza” cuyo objetivo es asegurarse de que “los movimientos sociales no crezcan, florezcan o propongan alternativas”. “Cualquier idea de cambiar el mundo parece una fantasía vana e infundada”, apunta.

El primer paso de la nueva forma de organización social está señalado. “Limpiar la pizarra de deudas”. Después, apunta Groeber habrá que continuar debatiendo. “Lo que sí sabemos es que la historia no ha acabado y que surguirán con total seguridad nuevas y sorprendentes ideas”, concluye.



Una historia alternativa de la deuda

Extracto literal del libro 'En deuda. Una historia alternativa de la economía', del antropólogo David Graeber, publicado en España por la editorial Ariel.

Un relato provocador de por qué el sistema económico ha impuesto a lo largo de la historia la idea de la devolución de la deuda como un imperativo moral:

más INFO     Cómo medir 5.000 años de deuda


Hace dos años, por una serie de extraordinarias coincidencias, asistí a una fiesta en el jardín de la Abadía de Westminster. Me sentía un poco incómodo.

No es que los demás invitados no fueran agradables y amistosos, ni que el padre Graeme, organizador del acontecimiento, no fuera un anfitrión encantador y amable. Pero me encontraba fuera de lugar.

En cierto momento el padre Graeme intervino para decirme que había alguien, cerca de una fuente cercana, a quien me gustaría conocer. Resultó ser una joven esbelta e inteligente que, según me explicó, era abogada, «pero del tipo activista. Trabaja para una fundación que proporciona apoyo legal para los grupos que luchan contra la pobreza en Londres. Creo que tendrán ustedes mucho de qué hablar».

Y conversamos. Me habló de su trabajo. Le conté que durante años había estado implicado en el movimiento global por la justicia social («movimiento antiglobalización», como estaba de moda llamarlo en los medios de comunicación). Ella sentía curiosidad. Por supuesto, había leído mucho acerca de Seattle, Génova, los gases lacrimógenos y las batallas callejeras, pero... bueno, ¿habíamos conseguido algo con todo eso?

«En realidad», repliqué, «es asombroso todo lo que conseguimos en aquellos dos primeros años».


«¿Por ejemplo?»

«Bueno, por ejemplo casi conseguimos destruir el FMI.» Resultó que ella desconocía lo que era el FMI, de modo que le expliqué que

 el Fondo Monetario Internacional actuaba básicamente como el ejecutor de la deuda mundial: 

«Se puede decir que es el equivalente, en las altas finanzas, a los tipos que vienen a romperte las dos piernas».

Me lancé a ofrecerle un contexto histórico, explicándole cómo, durante la crisis del petróleo de los 70, los países de la OPEP acabaron colocando una parte tan grande de sus recién descubiertas ganancias en los bancos occidentales que éstos no sabían en qué invertir el dinero; de cómo, por tanto, Citibank y Chase comenzaron a enviar agentes por todo el mundo para convencer a dictadores y políticos del Tercer Mundo de acceder a préstamos (en aquella época lo llamaban go-go banking); cómo estos préstamos comenzaron a tipos de interés extraordinariamente bajos sólo para dispararse casi inmediatamente a tipos de más del 20 por ciento por las estrictas políticas de EE.UU. a principios de los 80; cómo esto llevó, durante los años 80 y 90, a la gran deuda de los países del Tercer Mundo;  
cómo apareció entonces el FMI para insistir en que, a fin de obtener refinanciación de la deuda, los países pobres deberían abandonar las subvenciones a los alimentos básicos, o incluso sus políticas de mantener reservas de alimentos; así como la sanidad y la educación gratuitas;
y cómo todo esto había llevado al colapso y abandono de algunas de las poblaciones más desfavorecidas y vulnerables del planeta.

Hablé de pobreza, del saqueo de los recursos públicos, del colapso de las sociedades, de violencia y desnutrición endémicas, de falta de esperanzas y de vidas rotas.

«Pero ¿cuál era tu posición?», preguntó la abogada. «¿Acerca del FMI? Queríamos abolirlo.»

«No, acerca de la deuda del Tercer Mundo.»

«También la queríamos abolir. La exigencia inmediata era que el FMI dejara de imponer políticas de ajuste estructural, que eran las que causaban el daño inmediato, pero resultó que lo conseguimos sorprendentemente rápido.

El objetivo a largo plazo era la condonación. Algo al estilo del Jubileo bíblico.* Por lo que a nosotros concernía, treinta años de dinero fluyendo de los países más pobres a los ricos era más que suficiente.»

«Pero», objetó ella, como si fuera lo más evidente del mundo, «¡habían pedido prestado el dinero! Uno debe pagar sus deudas». Fue entonces cuando me di cuenta de que ésta iba a ser una conversación muy diferente de la que había imaginado al principio.

¿Por dónde comenzar?
Podría haber comenzado explicando que estos préstamos los habían tomado dictadores no elegidos que habían puesto la mayor parte del dinero en sus bancos suizos, y pedirle que contemplara la injusticia que suponía insistir en que los préstamos se pagaran no por el dictador, o incluso sus compinches, sino directamente sacando la comida de las bocas de niños hambrientos.

O que me dijera cuántos de esos países ya habían devuelto dos o tres veces la cantidad que les habían prestado, pero que por ese milagro de los intereses compuestos no habían conseguido siquiera reducir significativamente su deuda.

Podría también decirle que había una diferencia entre refinanciar préstamos y exigir, para tal refinanciación, que los países tengan que seguir ciertas reglas del más ortodoxo mercado diseñadas en Zúrich o en Washington por personas que los ciudadanos de aquellos países no habían escogido ni lo harían nunca, y que era deshonesto pedir que los países adopten un sistema democrático para impedir que, salga quien salga elegido, tenga control sobre la política económica de su país.

O que las políticas impuestas por el FMI no funcionaban. Pero había un problema aún más básico: la asunción de que las deudas se han de pagar.

"Uno debe pagar sus deudas". La razón por la que esta frase es tan poderosa es que no se trata de una declaración económica: es una declaración moral

mas control a traves de la desaparicion del dinero en efectivo 

En realidad, lo más notorio de la frase «uno ha de pagar sus deudas» es que, incluso de acuerdo a la teoría económica estándar, es mentira. Se supone que quien presta acepta un cierto grado de riesgo. Si todos los préstamos, incluso los más estúpidos, se tuvieran que cobrar (por ejemplo, si no hubiera leyes de bancarrota) los resultados serían desastrosos.

¿Por qué razón deberían abstenerse los prestamistas de hacer un préstamo estúpido?

«Bueno, sé que eso parece de sentido común, pero lo curioso es que, en términos económicos, no es así como se supone que funcionan los préstamos. Se supone que las instituciones financieras son maneras de redirigir recursos hacia inversiones provechosas. Si un banco siempre tuviera garantizada la devolución de su dinero más intereses, sin importar lo que hiciera, el sistema no funcionaría.

Imagina que yo entrara en la sucursal más próxima del Royal Bank of Scotland y les dijera:
"Sabéis, me han dado un buen soplo para las carreras. 
¿Creéis que me podríais prestar un par de millones de libras?".

Evidentemente se reirían de mí. Pero eso es porque saben que si mi caballo no gana no tendrían manera de recuperar su dinero. Pero imagina que hubiera alguna ley que les garantizara recuperar su dinero sin importar qué pasara, incluso si ello significara, no sé, vender a mi hija como esclava o mis órganos para trasplantes.
Bueno, en tal caso, ¿por qué no?
¿Para qué molestarse en esperar que aparezca alguien con un plan viable para fundar una lavandería o algo similar?
Básicamente ésa es la situación que creó el FMI a escala mundial... y es la razón de que todos esos bancos estuvieran deseosos de prestar miles de millones de dólares a esos criminales, en primer lugar.»

No llegué mucho más lejos porque en ese momento apareció un banquero borracho que, tras darse cuenta de que hablábamos de dinero, comenzó a contar chistes acerca de riesgo moral, que de alguna manera no tardaron en convertirse en una historia larga y no especialmente interesante acerca una de sus conquistas sexuales. Me alejé del grupo.

Sin embargo, la frase siguió resonando en mi cabeza durante varios días.

«Uno debe pagar sus deudas.»

La razón por la que es tan poderosa es que no se trata de una declaración económica: es una declaración moral. Al fin y al cabo, ¿no trata la moral, esencialmente, de pagar las propias deudas? Dar a la gente lo que le toca. Aceptar las propias responsabilidades. Cumplir con las obligaciones con respecto a los demás como esperaríamos que los demás las cumplieran hacia nosotros. ¿Qué mejor ejemplo de eludir las propias responsabilidades que renegar de una promesa, o rehusar pagar una deuda?

Me di cuenta de que era esa aparente evidencia la que la hacía tan insidiosa. Era el tipo de frase que hacía parecer blandas y poco importantes cosas terribles. Puede sonar fuerte, pero es difícil no albergar sentimientos intensos hacia asuntos como éstos cuando uno ha comprobado sus efectos secundarios. Y yo lo había hecho. Durante casi dos años viví en las tierras altas de Madagascar. Poco antes de que yo llegara había habido un brote de malaria. Se trataba de un estallido especialmente virulento, porque muchos años atrás la malaria se había erradicado de las tierras altas de Madagascar, de modo que, tras un par de generaciones, la gente había perdido su inmunidad.

El problema era que costaba dinero mantener el programa de erradicación del mosquito, pues exigía pruebas periódicas para comprobar que el mosquito no comenzaba a reproducirse de nuevo, así como campañas de fumigación si se descubría que lo hacía.

No mucho dinero, pero debido a los programas de austeridad impuestos por el FMI, el gobierno había tenido que recortar el programa de monitorización. Murieron diez mil personas.
Me encontré con madres llorando por la muerte de sus hijos. Uno puede pensar que es difícil argumentar que la pérdida de diez mil vidas humanas está realmente justificada para asegurarse de que Citibank no tuviera pérdidas por un préstamo irresponsable que, de todas maneras, ni siquiera era importante en su balance final.
Pero he aquí a una mujer perfectamente decente, una mujer que trabajaba en una fundación caritativa, nada menos, que pensaba que era evidente. Al fin y al cabo, debían el dinero, y uno ha de pagar sus deudas.

***


El mismo hecho de que no sepamos qué es la deuda, la propia flexibilidad del concepto, es la base de su poder. Si algo enseña la historia, es que no hay mejor manera de justificar relaciones basadas en la violencia, para hacerlas parecer éticas, que darles un nuevo marco en el lenguaje de la deuda, sobre todo porque inmediatamente hace parecer que es la víctima la que ha hecho algo mal. Los mafiosos comprenden perfectamente esto. También los comandantes de los ejércitos invasores.

Durante miles de años los violentos han sabido convencer a sus víctimas de que les deben algo. Como mínimo, que «les deben sus vidas», una frase hecha, por no haberlos matado.

Hoy en día, por ejemplo, la agresión militar está tipificada como crimen contra la humanidad, y los tribunales internacionales, cuando se los convoca, suelen exigir a los agresores el pago de una compensación. Alemania tuvo que pagar enormes indemnizaciones tras la Primera Guerra Mundial, e Irak aún está pagando a Kuwait por la invasión militar de Sadam Hussein en 1990.

Sin embargo, la deuda del Tercer Mundo, la de países como Madagascar, Bolivia y Filipinas, parece funcionar de manera exactamente opuesta. Los países deudores del Tercer Mundo son casi exclusivamente naciones que en algún momento fueron atacadas y conquistadas por las potencias europeas, a menudo las potencias a las que deben el dinero.

En 1895, por ejemplo, Francia invadió Madagascar, depuso el gobierno de la entonces reina Ranavalona III y declaró el país colonia francesa.

Una de las primeras cosas que hizo el general Gallieni tras la «pacificación», como les gustaba llamarla, fue imponer pesados impuestos a la población malgache, en parte para poder pagar los gastos generados por haber sido invadidos, pero también, dado que las colonias tenían que ser autosuficientes, para sufragar los costes de la construcción de vías férreas, carreteras, puentes, plantaciones y demás infraestructuras que el régimen francés deseaba construir.
A los contribuyentes malgaches nunca se les preguntó si querían aquellas vías férreas, carreteras, puentes, y plantaciones, ni se les permitió opinar acerca de cómo y dónde se construían.

Al contrario: durante el siguiente medio siglo, la policía y el ejército francés masacraron a un buen número de malgaches que se opusieron con demasiada fuerza al acuerdo (más de medio millón, según algunos informes, durante una revuelta en 1947).
Madagascar nunca ha causado un daño comparable a Francia. Pese a ello, desde el principio se dijo a los malgaches que debían dinero a Francia, y hasta hoy en día se mantiene a los malgaches en deuda con Francia, y el resto del mundo acepta este acuerdo como algo justo. Cuando la «comunidad internacional» percibe algún problema moral es cuando el gobierno de Madagascar se muestra lento en el pago de sus deudas.

Pero la deuda no es sólo la justicia del vencedor; puede ser también una manera de castigar a ganadores que no se suponía que debieran ganar. El ejemplo más espectacular de esto es la historia de la República de Haití, el primer país pobre al que se colocó en un estado de esclavitud mediante deuda. Haití era una nación fundada por antiguos esclavos de plantaciones que cometieron la temeridad no sólo de rebelarse, entre grandes declaraciones de derechos y libertades individuales, sino también de derrotar a los ejércitos que Napoleón envió para devolverlos a la esclavitud.

Francia clamó de inmediato que la nueva república le debía 150 millones de francos en daños por las plantaciones expropiadas, así como los gastos de las fallidas expediciones militares, y todas las demás naciones, incluido Estados Unidos, acordaron imponer un embargo al país hasta que pagase la deuda. 

La suma era deliberadamente imposible (equivalente a unos 18.000 millones de dólares actuales) y el posterior embargo consiguió que el nombre de Haití se convirtiera en sinónimo de deuda, pobreza y miseria humana desde entonces.



comentarios varios:

- Describe perfectamente la situación de Andalucía. Una colonia de las potencias europeas cristianas, colonizada completamente en el siglo XV, convertida en despensa latifundista del Estado Español y a la que impiden cada x tiempo mediante genocidios y matanzas, que se rebele y luche por su autonomía. Curiosamente también fueron los andaluces los primeros en joder a Napoleón. Europa y España evitan que expropiemos las tierras robadas por los latifundistas, 56% del territorio andaluz pertenece a un 2% de terratenientes (Iglesia, Domech, Alba, etc), que absorven todas las "ayudas"/limosnas de la Unión Europea. Evidentemente, todo este robo se hace con la ayuda del resto del estado español y de los intelectuales y medios que ignoran la situación de Andalucía a favor de burguesías norteñas como la de Artur Mas.

- Excelente articulo que aclarará dudas a más de uno sobre la verdadera razón de ser del FMI y además nos deja muy claras las intenciones de nuestros actuales políticos, junto con las instituciones Europeas y el nefasto FMI. Lo justo? No pagar. 29/09/2012 - 13:50h


Si un día hacemos comprender a este país de cabezas huecas que es imprescindible una auditoría de la deuda, privada y pública, habremos hecho la revolución definitiva... tiembla Florentino. 


#FMI Creia que eran las siglas del Fondo Monetario Internacional,sin saber realmente lo que era o quienes eran.


Me gusta leer y me jacto de ello,pero hoy me he dado cuenta de que soy una ignorante y, no se nada.Me da pavor pensar que España está a punto de ser controlada por y para siempre por el FMI. Admiro a los Islandeses,los unicos que hasta ahora se han negado a pagar la deuda de los bancos y politicos corruptos.

¿Por qué no podemos ser como ellos y decIr -NO-.? 29/09/2012 - 16:30h


- Encontré el primer capítulo en una librería, gratis. Leerlo me ha provocado muchas reflexiones. Lo más interesante es el método, el antropológico, para estudiar un concepto que habitualmente asociamos a otra disciplina (economia). Esta práctica acostumbra a dar muy buenos análisis. Hoy he terminado el primer capítulo y espero poder seguir leyendo si puedo reunir el dinero para el libro (25€). Muy recomendable.


- Solo un puntualización: El FMI no funciona mal, cumple su función a la perfección, otra cosa es que su función sea tan abominable que la gente de bien sea incapaz de aceptarlo. Para quienes aspiran a gobernar el mundo al completo, cualquiera que intente levantar la cabeza es un enemigo a eliminar. Buscare y comprare el libro. 29/09/2012 - 23:53h


- Muy interesante el artículo, intentaré hacerme con el libro. Contestando a Fatim y estando de acuerdo en que me gustaría una solución a la islandesa en España a mi parecer es imposible en el actual contexto político, y no sólo porque gobierne un partido de derechas y conservador, sino porque aún gobernado un partido de izquierdas se lo impediría la oligarquía y élite financiera que fundamentalmente es de derechas y conservadora, que estando en la oposición tienen un inmenso poder. Este país necesita con urgencia una clase política comprometida con la gente, una clase política madura y que no le tema a una democracia participativa y que evolucione sin miedos, dejando el lastre de "las dos Españas", necesita unos políticos limpios y fiables, osea, que aborrezcan la corrupción, si a esto le añadimos una mayor implicación del ciudadano de a pie en política, mejor. Pero este panorama se me antoja lejano. 30/09/2012 - 11:48h


- Ojalá esto lo leyeran (y lo entendieran) los que dicen que los que protestan en la calle son unos ignorantes delincuentes de extrema izquierda que no representan a nadie. 30/09/2012


- Lo siento pero me deprimo profundamente después de leer esto porque comprendo que incluso los bien intencionados que creemos luchar contra la pobreza , la desigualdad y la justicia social, debemos estar muy bien informados y no caer en la trampa de los conceptos falsamente morales prefabricados e insertados estratégicamente(ecologia, sobrepoblacion , calentamiento, vacunas ...deuda y tantos mitos modernos)  por un sistema capitalista cuyos actores principales lo rentabilizan en su favor saltándose precisamente todas las normas éticas y morales. 30/09/2012 - 12:48h


# Bien, eso es lo que llamaba Marx "el pathos de la indignación". A partir de ahí, podemos ir progresando. 


- En este país siempre ha habido:
1- Una oligarquía muy poderosa (nobleza, clero, grandes empresarios, financieros, burguesía, mandos del ejército).
2- Una clase política corrupta, caciquista, ladrona, sin escrúpulos y parte de o marioneta de los anteriores.
3- Y una parte de la población cateta, analfabestia, fanática y lobotomizada (los de "el PP ha ganado por mayoría absoluta y puede hacer lo que quiera" y "los que protestan son unos vagos, leña al perroflauta") seguidora sin fisuras de los nº1 y 2 antes que el pueblo. Por estos 3 cánceres, por estas 3 razones, este país necesita una limpieza de arriba a abajo para solamente tener la mínima esperanza de mejorar en algún aspecto, sino no habrá manera.
El único intento serio de cambio, modernización y limpieza ocurrió en 1931-1933 y luego 1936, pero ya sabemos cómo acabó, por culpa de los del punto número 1 y luego los del 2 y los borregos del 3 que les seguían.|

- Que lastima que solo mantengamos las tradicciones mas estupidas, y aquellas interesantes e importantes como esta se dejen de practicar

- La Deuda os hará libres. En efecto el cogollo fundamental radica en el reparto del riesgo inicuo entre prestatarios y elites que luego traspasan las consecuencias a las poblaciones; en el caso español entre la sobreliquidez de los prestamistas alemanes que recogieron grandes beneficios de la burbuja española que sus capitales inflaron y las elites locales bancario-empresariales del pelotazo... Y ahora los pelotazos de los "prodisturbios"... htttp://enjuaguesdesofia.blogspot.com 30/09/2012 - 18:06h


esto nos demuestra la injusticia del mundo.¿cómo no hay alguien con sabiduría que ponga orden? la humanidad está cansada de sufrir. Ya es hora de que esto termine!! | 30/09/2012 - 18:08h

# Yo mañana mismo voy a buscarlo en la biblioteca.Sin duda que me aclarará bastantes dudas. Saludos. 30/09/2012 - 19:16h


- Para los que aún no tengáis el libro os sugiero oír una magnífica exposición sobre los orígenes de la deuda del economista parlamentario portugués Francisco Louça invitado en la última edición del aula de filosofía Castealao (buscar a la derecha con título "Clausura XXIX, Francisco Louça",habla aprox a la mitad del video) http://aulacastelao.com/multimedia/multimedia/ 30/09/2012 - 20:22h

- El problema de la izquierda siempre ha sido la suposición muy, pero que muy equivocada, de que una fase temporal del capitalismo, el capitalismo industrial, era la máxima y prioritaria expresión del sistema. El capitalismo industrial nace cuando el capital comercial entra en lo que ahora llaman "economía real", alentada por la demanda de los recien creados estados nacionales y sus múltiples guerras. La clase obrera industrial no fue, no es ni será la clase que va a terminar con todas las clases. Ahora representa un porcentaje minoritario de los asalariados, con un peso cada vez más comparable al de los campesinos cuando la industria era lo predominante. Al final, el capitalismo industrial analizado por Marx solamente se impuso en el continente de forma masiva tras la II Guerra Mundial y ha durado hasta los años ochenta del siglo pasado. El seguir enganchados al obrerismo decimonónico o a su versión keynesiana de izquierda recién resucitada no va a servir de nada. Con todo respeto a las luchas oberas del pasado, hay que pasar página. | 01/10/2012 - 09:52h


- Genial, buenísimo análisis en la línea de la genealogía de la moral de Nietzsche que indica que culpa y deuda tienen la misma raíz etimológica, o el libro el hombre endeudado de Lazzarato donde entiende la deuda como dominación política. 01/10/2012 - 10:05h


- Buenos días, no conocía este libro, se agradece la reseña. Será mi próxima compra, junto con el nuevo de Markaris: La espada de damocles. | 01/10/2012 - 11:53h


#1 Te puedo asegurar que en el "Norte Burgués" nos da arcadas de asco ese latifundismo depredador de tu tierra. La historia sería muy diferente sin el latifundismo que ha expulsado constantemente hacia afuera buena parte del pueblo andaluz. Para cuando una limpia de señotingos parasitarios del papel cuché?.

- ¿Por qué se define a la joven como esbelta e inteligente? Inteligencia no es sinónimo de sabiduría, es verdad. Pero, ¿cómo es posible que no supiera lo que es el FMI? En fin, un libro al parecer interesante, aunque me imagino que las historias que se cuentan para unir los comentarios importantes son un poco ingenuos. Tal vez sirva para saber que no solo las venas de latinoamérica son las que están abiertas...

#1 Viendo como han votado al primer comentario, que puedes estar no deacuerdo con lo de los norteños, (para mi, los del norte). Me queda claro, que de aquí (de los problemas) no salimos. #No tenemos ni unidad ni, empatia por otros. Y lo gracioso, es que al igual que estan exprimiendo Andalucia, como dice #1 , también están exprimiendo a otras comunidades y sus habitantes que por algún motivo han votado encontrar a #1. Pero lo mas sangrante es que no hay comunidad buena o mala, si no hijos "de", que absorben en comunidades o donde sea, esas ayudas que deverian de llegar a todos y que normalmente, y como vemos a diario, se pierden o despilfarran sin saber muy bien por que y "por quien". No somos enemigos, unas comunidades y otras, eso es algo algunos interesados quieren hacernos creer, que somos enemigos, y así les quitamos el ojo de encima a "aquellos" que nos están arruinando. Madrid-Barcelona, Málaga-Sevilla no somos enemigos, solo somos diferentes, yo no les estoy robando, yo no le estoy haciendo pagar en los impuestos, yo no le estoy reduciendo su sueldo .... arrrrrggggg (rabia), No somos enemigos, los enemigos son otros, que hace que nos enfrentemos unos con otros, ese es el problema.


- Cuando me refiero a norteños, obviamente, no hablo del pueblo trabajador. Y sí, es bastante curioso que por quejarme de una situación REAL de colonialismo latifundista, me premien con 63 votos negativos.



- Yo les recomiendo para tener otra imagen de como está montado el tinglado este de las finanzas.. que se lean esta obra de teatro (http://www.cervantesvirtual.com/obra/ganaras-el-pan-con-el-sudor-del-de-enfrente--0/) que es muy descriptiva de como funcionan bancos en connivencia con los poderes del estado. Es una obra escrita desde la óptica de un cristiano de base. Una verdadera metáfora de la realidad actual.

- Por qué Rafael Correa, presidente del Ecuador es el mejor que hemos tenido??? Porque lo primero que hizo al llegar al poder es establecer una auditoría de deuda, la cual arrojó terribles injusticias a lo largo de toda la historia republicana del Ecuador, y luego utilizó al mercado para pagarla, porque la deslegitimó, luego presionó al mercado diciendo que no la iba a pagar, y cuando los bonos tuvieron un castigo al valor nominal de casi el 60% las compró el Estado Ecuatoriano a los acreedores, haciendo caer en una trampa a los tramposos, es decir ganándoles en el propio juego a los que siempre nos impusieron estas cosas, es cuestión de inteligencia y decisión, todo se puede hacer.