02 diciembre 2018

La MOVIDA - mecanismo politico para crear gente docil

 HUBO MUCHA TRASGRESION, POCO ARTE y MUCHA DOCILIDAD.

 




Víctor Lenore:
En la Movida hubo mucha transgresión estética y ninguna transgresión política”


¿Otro libro sobre la Movida? Sí. ¿Otro libro contra la Movida? También. Pero este que escribe Víctor Lenore, Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80, publicado por Akal, precisamente viene a decirnos que no se trata de otro, ni siquiera de uno más, pues tras su lectura cualquiera comprendería que no sobran discursos así, que esta otredad es necesaria.

Trae la Movida al presente para explicarnos que mucho de lo que nos pasa hoy cultural, política y socialmente tiene sus orígenes en aquellos años. De aquellos polvos, estos lodos, tan fangosos que ya no sabemos ni cómo limpiarlos. No es inédito.





“los contenidos culturales de la movida apenas atendían cuestiones de clase social, explotación laboral, marginación y democracia económica” (asuntos que sí estaban en el underground setentero español).


Muchas de las fuentes que cita a lo largo del ensayo, y que referencia religiosamente en la bibliografía, ya han tratado el tema desde el mismo prisma, enarbolando una tesis muy semejante o idéntica (Fernán del Val, Teresa M. Vilarós, Germán Labrador, Giulia Quaggio…), pero sí es cierto que Lenore, en un esfuerzo por traer su texto al presente, logra abordarlo para que, de forma clara, directa y breve (no llega a las 200 páginas), el lector que no sea ducho en la Cultura de la Transición (CT) perciba las causas (entonces) y las consecuencias (hoy) sin dar demasiados rodeos, incluso abordando -a veces más de pasada- amplios aspectos.

 “Es una opción política también el tipo de estilo que haces y la extensión. Este tipo de análisis cultural no puede estar disponible solo para los estudiantes de artes, de sociología y de política”, explica.

Víctor Lenore: “En la Movida hubo mucha transgresión estética y ninguna transgresión política”

Para Lenore todo es político, sobre todo lo apolítico. Su libro también lo es, y dentro de su biografía cobra completo sentido: en 2014 publicó en Capitán Swing el controvertido Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural. Sabía muy bien de lo que escribía porque el libro también tenía parte de autocrítica.

Ahora mira hacia atrás, hasta la llamada ‘edad de oro del pop español’, para observar cómo se han ido repitiendo las mismas estructuras políticas y culturales en España. En este caso, no pudo ser testigo directo (era un niño en los ochenta y hasta su infancia sale mal parada en el ensayo) y reconoce que eso le otorga ciertas facilidades, pero también una perspectiva privilegiada. Le pregunto si pese a todo ha tratado de ser empático con aquellos veinteañeros modernos que se dejaron querer por la administración socialista y me responde que no le interesa especialmente la empatía.

“Me interesa el rigor”, continúa.

 “ Sé que suena muy antipático, pero la empatía me da un poco igual en la crítica cultural. Creo que solemnizamos la cultura y la gente tiene egos muy frágiles”. Pasa lista Lenore y, zambullido en la prensa cultural desde su adolescencia, saca en este libro trapos llenos de ese lodo fangoso, algunos de hace bien poco.
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Lenore trae la Movida al presente para explicarnos que mucho de lo que nos pasa hoy cultural, política y socialmente tiene sus orígenes en aquellos años. |

Dónde estaban entonces y dónde están ahora

Lenore recupera, por ejemplo, una entrevista de El Confidencial en 2016 a Nacho Canut y a Alaska, estando en plena promoción de su disco Canciones para robots románticos, cuyas letras versan -y cito directamente del libro- “una utopía tecnocrática (distopía, dirán otros) donde la política y los sentimientos humanos no tienen cabida”.

Bajo este contexto, dice Alaska que hoy se siguen tomando “las decisiones políticamente correctas que no son las racionales que tomaría un robot”. “¿Crisis de emigrantes? Te dicen que va a venir un millón. Pues en este país no caben y se van a ese otro país porque es el que puede recibirlos. Ese tipo de decisiones frías”, explica Canut. “(…) no me hablen de izquierdas ni de derechas.

El problema es que cuando entramos en las ideologías nos enfrentamos a la cultura y a la tradición, que si mi abuelo fue comunista, el mío luchó con Franco… ¿Ustedes quieren que España se gobierne? Pues es imposible que lo hagan seres humanos.

Por eso deberíamos dejarle a un robot tomar estas decisiones frías”, continúa. De la misma entrevista el periodista destaca un fragmento especialmente punzante. “Estamos en una época de victimismo -dice Canut- y la gente tiene que aprender a ser responsable de sus actos y de sus decisiones económicas y no económicas. Si has decidido meterte en una hipoteca, lo has decidido tú y ¿ahora quieres que el Gobierno venga a sacarte? En fin. Hay que se responsable”. Alaska prosigue: “Deberíamos empezar a pensar que no tenemos en la vida nada seguro”.

Retrocedemos en páginas, en años, vemos el otro lado: José Luis Campuzano (alias Sherpa), bajista de Barón Rojo, relata un amago de cortejo del PSOE: “en la campaña de 1982, el PSOE nos ofreció actuar en cuarenta actos electorales. Nos negamos y lo pagamos: cuanto más discos vendíamos, menos conciertos de aquellos que patrocinaban los ayuntamientos”.

También el autor ha recopilado “anécdotas”, por llamarlas de algún modo, del cantautor Luis Pastor, que cuenta cómo en los despachos de Ferraz se decidía a qué cantantes y grupos favorecer; más conocido es el caso de Javier Krahe y su Cuervo ingenuo, dedicada a Felipe González. Dice:

“en aquella época los ayuntamientos contrataban mucho y a mí los del PSOE me dejaron de contratar, e incluso anularon conciertos ya firmados”. El hecho de que estén todos estos testimonios, y más que Lenore recopila, “tan dispersos” significa “que no hay un discurso hilado de cuestionamiento de la Movida”. “Tenemos una prensa cultural que se parece muchísimo a la publicidad”, comenta Lenore.
Víctor Lenore:
“En la Movida hubo mucha transgresión estética y ninguna transgresión política” 8
Seguimos, a juicio de Lenore, confundiendo la idea de modernidad y traduciéndola por algo muy “parecido al consumismo” | Imagen: ‘Laberinto de pasiones’ (1982), dirigida por Pedro Almodóvar vía Alphaville S.A.

No se trata de que Felipe González, como escribe Lenore, “decidiese el look de los Pegamoides ni que Tierno Galván (…) escribiese las gracietas de Chus Lampreave en las comedias de Almodóvar.

La pregunta es más sutil:

¿favoreció descaradamente el PSOE y sus medios afines a los jóvenes artistas punkipop que brotaron como setas en el Madrid de los primeros ochenta?”.

Ya en la entrevista, Lenore reitera que sí, que fue algo “totalmente descarado”. “Por ejemplo, el tren este a Vigo [se refiere al viaje subvencionado de algunos protagonistas movideros a Vigo en 1986 para que la Movida de la capital y la viguesa se “conocieran”] no lo iban a montar nunca con Los Chichos o con los cantautores, que les espantaban”. Tampoco con grupos de rock radical vasco, ni siquiera con los setenteros Topo, Asfalto o Leño.

La tesis que defienden Lenore y otros tantos es que al PSOE de la época, dentro de un marco europeísta, de globalización y de celebración capitalista, le convenían letras hedonistas y vacías de contenido político y, por lo tanto, las favorecieron a golpe de subvenciones y de protagonismo mediático.

Esto tiene su repercusión hoy, y es quizás lo más interesante que cuenta Espectros de la Movida, por constituir un análisis inmediato.
El legado (capitalista) de la Movida

“La Movida ha muerto pero la lógica de la Movida sigue viva”, explica Lenore. “Cuando Tangana dice que sus dos ídolos son Warhol y Dalí y que admira mucho su relación con el dinero porque lo primero en el arte para ellos era acceder al dinero para tener una posición ganadora está diciendo que la lógica de la Movida sigue viva”.

La lógica de arrimarse al poder. Pasó con la visita a España de Warhol en 1983 con motivo de su exposición en la galería de Fernando Vijande y ha vuelto a pasar recientemente con la de Tim Cook, CEO de Apple.

Lenore lo define como “un momento muy movidero” y pasa a narrarlo:

“Por la mañana se reúne con Pedro Sánchez en la Moncloa”; este dice: “Tim Cook y yo hemos diseñado las estrategias de desafíos digitales para el futuro”, y “por la tarde va al Apple Store de Sol y aparece con Rosalía y dice que Rosalía es la música perfecta para sonar en un Apple Store, que es una mujer que es joven y creativa y que esos son los valores de Apple”.

Lo que está haciendo Rosalía, dice Lenore, “es hacer cool a esa peña”, a una empresa “que es conocida por su explotación laboral en China y por sus sofisticadas técnicas de evasión de impuestos”. “Muchas veces la cultura sirve para lavar la imagen de la gente que manda y eso es lo que sigue vivo de la Movida”, concluye.
También el discurso de jóvenes artistas como Los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi), que prefieren no hablar de política y aseguran que no son de ningún lado; que igual que se fotografían con Pedro Sánchez pueden hacerlo con un contrario.

Esto es un déjà vu de aquellos años apolíticos: “la fantasía de que alguien puede no posicionarse. Es imposible no posicionarse.

Cuando tú dices ‘la política no me interesa’ estás haciendo un posicionamiento muy, muy fuerte porque estás diciendo que en una situación de desigualdad creciente, de paro, de desahucios, de suicidios por la pobreza, eso es una cosa que no te parece de mucho interés”.

Hasta Manuela Carmena aparece en el ensayo. Lenore hace un símil entre ella y Tierno Galván: “ha sido esculpida a la imagen y semejanza de Tierno, los dos eran juristas, tienen esa imagen bondadosa y de escuchar.

‘Frente al PP, que es tan rancio, yo soy la política que te trae conciertos gratuitos a los parques, que te pongo semáforos inclusivos’.

 Mi problema con Tierno y con Carmena es que te dan una vida cultural rica y más igualitaria pero no atacan a las estructuras de poder.

 Las bancarias, las inmobiliarias, económicas… La cultura sirve como una compensación, como una propina. Es un timo que ya coló en los ochenta y que no me gustaría que colara en 2018”. Y sigue:

“No es tan raro que Calvin Klein, a los dos años de que Yung Beef empiece a hacer canciones, le ofrezca ser modelo de su marca; no es casualidad que el rapero que salga en la portada de El País Semanal en el especial de moda sea Yung Beef y no sea Nega de Los Chikos del Maíz, porque uno es procapitalista y otro anticapitalista”.







Indies, hipsters y gafapastas: 
Crónica de una dominación cultural
2014
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Víctor Lenore:

“En la Movida hubo mucha transgresión estética y ninguna transgresión política” 5
“Moderno no es que tengamos cuatro pubs parecidos a Londres y a Nueva York en el centro de las ciudades”.
 The Objective
“Apoyar la cultura de base” como agentes activos

Así, según Lenore las lógicas de cultura/mercado se siguen repitiendo. “Hay que ver un poco las alianzas artísticas que se dan: hay una línea que es Movida-indie-hipsters y traperos y por abajo, por las capas sociales más bajas, la rumba de barrio, el rock radical vasco, los grupos tipo Los Chikos del Maíz y tal. Son dos líneas paralelas y se dan las mismas relaciones entre una y otra desde los ochenta hasta el 2018”.

Y seguimos, a su juicio, confundiendo la idea de modernidad y traduciéndola por algo muy “parecido al consumismo”.
 “Todo el mundo quiere ser neoyorquino, de Los Ángeles o londinense” y de acuerdo con Lenore eso ocurre “en cuanto llega toda la marea de música anglófila pop promocionada por la tele pública y la radio” y es también entonces cuando “nos empieza a dar vergüenza nuestro pasado rural”.

Con todo, Lenore salva a algunos grupos “muy buenos” de la época (Gabinete Caligari, Golpes Bajos, Los Ilegales, Radio Futura…), pero esgrime su máxima -“en la Movida hubo mucha transgresión estética y ninguna transgresión política”- y recuerda la conocida frase de Almodóvar que abre su libro:

“En la época de Franco, mi venganza personal fue vivir como si no hubiera existido”. Cree Lenore que esa desmemoria es muy desaconsejable. Y en ese sentido, ¿qué es lo que no podemos pasar por alto hoy?

Entre otras cosas, habla Lenore de recuperar la cultura de barrio porque “lo moderno no es que tengamos cuatro pubs parecidos a Londres y a Nueva York en el centro de las ciudades, lo moderno sería que cualquier persona que viva en España tenga acceso a los contenidos culturales más sofisticados”.

En tiempos de “desigualdad creciente donde las élites tienen cada vez más dinero y más poder y la gente corriente cada vez menos”, aparte de tomar consciencia de ello, juzga Lenore que hay “que apoyar la cultura de base” y tomarla “no solo como espectadores, sino como agentes activos, aunque sea para organizar un concierto de un rapero, que es muy barato, en un centro cultural de tu barrio.

Esos pequeños gestos crean mucha relación social fuera de la esfera del consumo y entran dentro de los intereses personales”. Así, se trataría de respetar y fomentar “todas las formas de lazo social, porque el capitalismo nos quiere solos y asustados” y hay que “intentar encontrar zonas en común y proyectos”.

Termina con una frase de la filósofa Marina Garcés que hace suya: “tenemos que encontrar la manera de ser peligrosos juntos”.


El ensayo se divide en nueve capítulos más una coda, por los cuales van transitando músicos, políticos, artistas, periodistas, filósofos y sociólogos que le sirven a Lenore para apuntalar su relato, que viene también aderezado con anécdotas de tipo personal, recuerdos de su época infantil (que era la edad que tenía en los años ochenta); una infancia, en la que, dice Lenore, “nuestros mayores dejaron que nos educasen los medios de comunicación”.


En la visión de Lenore, los años ochenta son la apoteosis del consumismo, una época de yoísmo extremo, marcada por la “omnipresencia de algo tan cotidiano como la televisión […], de sonrisas, colegueo y euforia artística”, donde todo debía ser positivo y feliz. Una época en la que la cultura sirve como forma de desmovilización social.

En el que las políticas públicas son de naturaleza cosmopolita en lo cultural, pero nihilistas y ensimismadas en lo social. Lenore cuenta que esto es fruto del estancamiento tras el franquismo y la sensación de urgencia de querer equipararnos a Europa, y que impele a los partidos de izquierda a fomentar que la gente adopte estilos de vida plurales, pero totalmente acríticos y apolíticos, solo comprometidos con el neoliberalismo. Y es que la política se veía en los años ochenta como algo “cutre, carca y casposo”.

Esto provocó que el capitalismo, con su pasmosa flexibilidad, adoptara su lógica para fagocitar todo lo que de potencialmente subversivo hubiese en la movida. Así, la movida no sería una efervescencia que sigue a la caída de Franco, sino una continuación de las políticas franquistas (y que, hoy día, según Lenore, continúan vigentes). Una ofensiva neoliberal de la cual, escribe Lenore, “muchos acabamos siendo mitad cómplices, mitad víctimas”.

Pero no todo fue negativo. Valga decir que Lenore también rescata cosas positivas de los años ochenta. Por ejemplo, la normalización de opciones sexuales no normativas, el acceso más democrático a la universidad o el hecho de que los hijos de las clases trabajadoras por primera vez en la historia de España puedan servirse de los medios de producción y difusión de la cultura (aunque limitados a las disciplinas más baratas).

 Lo transgresor no es subversivo

Sirviéndose de la idea marcusiana de la tolerancia represiva, concluye Lenore que las políticas del PSOE fueron determinantes en la hegemonía cultural de la movida, provocando una distorsión del mercado de las galas, favoreciendo la idea de los conciertos de estadio y fomentando un tipo de “celebración hedonista que ocupase el espacio público sin articular ninguna demanda política a la clase dominante”.

Así, se podría concluir, según Lenore, que si no fabricó sí que coadyuvó el PSOE a crear un tipo de cultura que cumple un doble objetivo, el de servir a la promoción turística (para mejorar la imagen de España de cara al exterior) y a la relajación social (en aras de anular la antagonía política). Ello crea un paradigma que deja fuera a todos los que no estaban de acuerdo con esa cultura de la risa, lo absurdo y lo superficial (los cantautores politizados, el rock radical vasco, la rumba, etc), confinándolos a una suerte de apartheid cultural.

Así, fueron los años de la movida una época absolutamente corrosiva para los vínculos sociales, una época irónica en la que se instauró el postmodernismo y que sirvió para ”borrar de un plumazo décadas de militancia, torturas y autoorganización” y asimismo para inaugurar lo que el crítico cultural Ignacio moreno Segarra bautizó como “el largo verano neoliberal”, aplicado con entusiasmo olímpico por el PSOE. Como dice Slajov Zizek, una ideología cínica es ideal para el sistema, ya que la distancia irónica desactiva la contestación, por ello “el único modo de ser subversivo y cuestionar el sistema es tomárselo más en serio de lo que él se toma a sí mismo”. Esto es, en fin de cuentas, lo que nos propone Lenore: tomarnos en serio una época que se tomó a sí misma a risa.

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