03 agosto 2015

DUBAI : lavado dinero heroina y mucho mas

Huérfana de reservas de oro negro, Dubái es simplemente una conglomeración de polvo y arena que ha necesitado la ayuda de personas providentes de todo el planeta para encontrar un sitio de privilegio en la historia del siglo XXI.

 El verdadero origen del terrorismo en la región, ahora inundada de yijadistas asesinos, son las miles de toneladas de opio que se producen anualmente en Afganistán desde la invasión estadounidense de 2001.

Esta enorme cantidad de opio la controlan las redes británicas del narcotrafico, que generan miles de millones de dólares en efectivo ilícito. Una gran cantidad de ese efectivo recala en la City de Londres, previamente "lavado" a través de Dubai y otros centros financieros extraterritoriales, pero una cantidad importante de ese efectivo lo emplean también los controladores británicos en operaciones terroristas y la yijad.

Los terroristas financiados con este dinero generado por el opio y la heroína, operan contra India, Paquistán, Irán y Rusia que sufren los drogadictos.
Estos terroristas, en esencia, son títeres en las manos de sus amos británicos. (Larouche)

Tambien ORO: 


Al igual que Babilonia y su torre de babel, hoy la ciudad de do buy y su Burk Kalifa son una de las maravillas del mundo. Pero con una única diferencia, porque en esta ocasión todos hablan el mismo idioma: dinero, prostitución, drogas, conflictos armados, negocios turbios o simplemente empresas con ánimo de defraudar impuestos, necesitan de paraísos fiscales para continuar adelante con sus actividades delictivas.

Según los últimos estudios de Oxfam Intermon, una tercera parte del PIB mundial, unos 24 billones de euros, son en este momento dinero negro. Curiosamente, y al mismo tiempo, la OCDE y su lista negra de paraísos fiscales se encuentra vacía desde los acuerdos alcanzados recientemente entre este ente y países como Suiza, Andorra o Islas Caimán.

Comprar un piso en Dubai por 2, 4 o 8 millones de euros puede sonar a locura, pero no para la población india, la cual tiene en su poder 100 de los 900 pisos que se encuentran en el edificio más alto del mundo, cada día las transacciones de dinero desde India, uno de los países con más pobreza del mundo, a Dubai superan los 100 millones de dólares.
Las sociedades offshore, empresas que realizan su actividad en otros países pero se domicilian en un paraíso fiscal para aprovechar una legislación más ventajosa, son una de las formas más utilizadas en estos momentos para defraudar al fisco. No en vano, el 86% de las 35 mayores empresas españolas tienen alguna filial con estas características.

Pero sin duda, son los señores de la guerra y las mafias las que encuentran más facilidades en Dubai. En la guerra de Afganistán, el banco de Kabul fue saqueado y el dinero, unos mil millones de dólares, fue enviado al Dubai Bank, el cual nunca se ha pronunciado al respecto. Igual sucedió en Rusia en el conocido como el caso Magnitsky, donde desaparecieron 230 millones de las arcas públicas

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 Desde el 11-9 muchos inversionistas del Medio Oriente, temiendo posibles demandas o sanciones, han retirado sus fondos de Occidente. Según Salman bin Dasmal, de la compañía Dubai Holdings, nada más los sauditas han repatriado un tercio de su portafolio de trillones de dólares que tenían fuera. Los jeques lo están trayendo de vuelta a casa y en 2004 se dice que los saudís arrojaron, por lo menos, 7 billones a los castillos de arena de Dubai.

Otro acueducto de las riquezas petrolíferas fluye del vecino emirato de Abu Dhabi. Los dos Estados dominan los Emiratos Árabes Unidos —una cuasi-nación creada por el padre del jeque Mo y el dirigente de Abu Dhabi en 1971 con el objetivo de contrarrestar las amenazas marxistas de Omán y, después, de los fundamentalistas islámicos de Irán.

Hoy la seguridad de Dubai es garantizada por los portaviones nucleares que comúnmente atracan en el puerto de Jebel Ali. De hecho, la ciudad-Estado se promueve, de manera insistente, como la mejor de las “Zonas Verdes” de élite en una región crecientemente turbulenta y peligrosa.
En tanto, mientras cantidades crecientes de expertos predicen que la era del petróleo barato está pasando, el clan al-Maktoum puede confiar en los nerviosos torrentes de ganancias petrolíferas en búsqueda de un refugio estable y amigo. Cuando los fuereños cuestionan la sustentabilidad del boom actual los funcionarios de Dubai insisten en que su nueva Meca está siendo construida sobre valor líquido, no deuda.

Desde una decisión parteaguas en el 2003, referente a la apertura irrestringida para que los extranjeros puedan ser propietarios, muchos ricos europeos y asiáticos se han apresurado a formar parte de la burbuja de Dubai. Una propiedad en la costa en alguna de las “Palms” o, mejor aún, una isla privada en “El Mundo” ahora tiene el prestigio de St. Tropez o Gran Caimán. Los viejos amos coloniales dirigen al grupo, al ser expatriados e inversionistas británicos los principales porristas del mundo de ensueño del jeque Mo: David Beckham es dueño de una playa y Rod Stewart de una isla (que, de hecho, se rumora se llama Gran Bretaña).

Una mayoría invisible, atada por contrato


El carácter utópico de Dubai, debemos enfatizar, no es un espejismo. Aún más que Singapur o Texas, esta ciudad-Estado es realmente una apoteosis de los valores neoliberales.
Por un lado, provee a los inversionistas de un cómodo régimen de derechos de propiedad, al estilo europeo, que es único en la región. Incluido en el paquete está la alta tolerancia al alcohol, las drogas recreacionales, ropa femenina atrevida y otros vicios extranjeros anteriormente prohibidos por la ley islámica. (Cuando los expatriados en Dubai alaban su extraordinaria “apertura” se refieren a su libertad para parrandear, no para organizar sindicatos o publicar opiniones críticas.)
Por el otro lado, Dubai, junto con sus emiratos vecinos, ha alcanzado la excelencia en el arte del desencanto laboral. Los sindicatos, las huelgas y los agitadores son ilegales, y 99 por ciento de la fuerza laboral del sector privado son no-ciudadanos fácilmente deportables. Sin duda alguna, los pensadores profundos de los institutos American Enterprise y Cato deben salivar cuando contemplan el sistema de clases y derechos en Dubai.
En la cima de la pirámide social, por supuesto, están los al-Maktoums y sus sobrinos que son propietarios de cada lucrativo grano de arena del emirato. Luego, el 15 por ciento nativo de la población —cuyo uniforme de privilegio es la tradicional vestimenta blanca— constituyen una clase ociosa cuya obediencia a la dinastía es subsidiada por transferencias de ingreso, educación gratuita y puestos en el gobierno. Un paso más abajo están los mercenarios mimados: aproximadamente 150 mil expatriados británicos, junto con otros administradores y profesionistas europeos, libaneses e hindúes que toman plena ventaja de su afluencia de aire acondicionado y vacaciones de dos meses fuera de Dubai cada verano.
Sin embargo, contratistas surasiáticos, legalmente atados a un solo empleador y sujetos a controles sociales totalitarios, representan la gran masa de la población. Los estilos de vida de Dubai son atendidos por vastos números de criadas de Filipinas, Sri Lanka e India, mientras el boom de la construcción se sustenta en los hombros de un ejército de paquistaníes mal pagados e hindúes que trabajan turnos de doce horas, seis y medio días a la semana, en el calor del horno de este desierto.
Dubai, como sus vecinos, desacata las regulaciones de la Organización Internacional del Trabajo y se niega a aceptar la Convención Internacional de Trabajores Migrantes. Human Rights Watch acusó en 2003 a los Emiratos de construir su prosperidad con base en el “trabajo forzado”. Sin duda, como el Independent de Inglaterra publicó recientemente en un reportaje sobre Dubai, “El mercado laboral asemeja bastante el viejo sistema laboral de contrato llevado a Dubai por sus antiguos amos coloniales, los británicos”.
“Como sus sus empobrecidos ancestros”, continúa el periódico, “los trabajadores asiáticos actuales son forzados a firmar contratos, bajo virtual esclavitud durante años, una vez que arriban a los Emiratos Árabes Unidos. Sus derechos desaparecen en el aeropuerto donde los agentes de reclutamiento confiscan sus pasaportes y visas para controlarlos”.
El jeque Mo, que se llama a sí mismo un profeta de la modernización, gusta de impresionar a los visitantes con ingeniosos proverbios y aforismos pesados. Uno de sus favoritos reza: “Aquel que no intenta cambiar el futuro quedará cautivo del pasado”.
Además de ser súper-explotados, se espera que los ilotas de Dubai sean invisibles. Los sombríos campos de trabajo en las afueras de la ciudad, donde los trabajadores son hacinados en grupos de seis, ocho o incluso doce en un solo cuarto, no forman parte de la imagen turística oficial, la de una ciudad de lujos sin barrios bajos o miseria. En una reciente visita incluso el ministro del Trabajo de los Emiratos Árabes Unidos fue reportado como profundamente en shock debido a las condiciones escuálidas, casi insoportables, de un campo de trabajo remoto, mantenido por una gran empresa constructora. Sin embargo, cuando los trabajadores intentaron formar un sindicato para recuperar salarios atrasados y mejorar sus condiciones de vida fueron arrestados inmediatamente.
El paraíso, sin embargo, tiene esquinas todavía más oscuras que los campos de trabajo. Las chicas rusas del elegante hotel no son más que la glamorosa fachada de un siniestro comercio sexual erigido sobre el secuestro, la esclavitud y la violencia sádica. Dubai —como lo confirmará cualquiera de las guías turísticas— es la “Bangkok del Medio Oriente”, poblada por millares de prostitutas rusas, armenias, hindúes e iranís, controladas por diversas pandillas y mafias trasnacionales. (La ciudad, convenientemente, es también un centro mundial para el lavado de dinero, con 10 por ciento de sus bienes raíces cambiando de manos en transacciones en efectivo.)
El jeque Mo y su régimen completamente moderno, por supuesto, desacredita toda conexión con su floreciente industria de zona roja, aunque todo mundo dentro de Dubai sabe que las prostitutas son esenciales para mantener llenos de hombres de negocios europeos y árabes a los hoteles cinco estrellas. Esto no es todo. El jeque mismo ha sido personalmente vinculado al vicio más escandaloso de Dubai: la esclavitud infantil.
Las carreras de camellos son una pasión local en los Emiratos, y en junio del 2004, Anti-Esclavitud Internacional difundió fotografías de niños-jockey, de edad preescolar, en Dubai. HBO Real Sports simultanéamente reportó que los jockeys, “algunos tan pequeños como de tres años de edad, son vendidos como esclavos y mantenidos sin alimentos, golpeados y violados”. Algunos de los pequeños jockeys fueron exhibidos en una pista de carreras de camellos, propiedad de la familia al-Maktoum.

El Lexington Herald-Leader —un periódico de Kentucky, donde el jeque Mo tiene dos grandes granjas de pura sangres— confirmó parte del reportaje de HBO en una entrevista con un herrero local que había trabajado para la corona del principado en Dubai. Él reportó haber visto “niños pequeñitos”, hasta de cuatro años, montando camellos de carreras. Los entrenadores de camellos afirman que los gritos de terror de los niños hacen que los animales corran más rápido.

El jeque Mo, que se llama a sí mismo un profeta de la modernización, gusta de impresionar a los visitantes con ingeniosos proverbios y aforismos pesados. Uno de sus favoritos reza: “Aquel que no intenta cambiar el futuro quedará cautivo del pasado”.

Sin embargo, el futuro que se está construyendo en Dubai —con el aplauso de los billonarios y corporaciones transnacionales por todas partes— asemeja por completo a una pesadilla del pasado: Walt Disney conoce a Albert Speer en las costas de Arabia. ®

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primos hermanos:

Arabia Saudí ordena la ejecución del poeta palestino Ashraf Fayad por renegar del Islam                             Europa Press – vie, 20 nov 2015
Arabia Saudí han ordenado la ejecución del poeta palestino Ashraf Fayad por el delito de apostasía, es decir, negación del Islam, que el autor ha negado categóricamente mientras sus amigos y allegados denuncian que se trata de una venganza de la Policía religiosa saudí por relatar en su libro de poesía 'Instrucciones en el interior' (2008) sus experiencias como refugiado y grabar actos violentos perpetrados por las autoridades.