08 enero 2017

Desublimacion REPRESIVA - Embrutecimiento de la poblacion - ing. social

Desublimación represiva


Herbert Marcuse


Cuanto mayor es la liberación de la sexualidad que logran los hombres, más pálida y desfalleciente se torna su capacidad de protesta, más abyecta su sumisión al poder.

El concepto de «desublimación represiva», acuñado por Herbert Marcuse, es de una vigencia que asusta

Con este término un poco abstruso, Herbert Marcuse designaba un proceso específico a través del cual las nuevas formas de tiranía, disfrazadas de democracia, consolidan su dominación sobre las masas, de manera mucho más eficiente que cualquier forma pretérita de absolutismo, y sin necesidad de recurrir al terror, contando incluso con el beneplácito gustoso de los sometidos.

Mediante esta «desublimación represiva» se logra, en definitiva, aquel nuevo totalitarismo anticipado por Aldous Huxley, en el que los «amos del mundo» ya pueden colmar plenamente sus anhelos de poder sin cachiporras ni cárceles, logrando que «la gente ame su servidumbre».

Marcuse se refiere a esta «desublimación represiva» en varias de sus obras. Su objetivo es crear una sociedad de hombres que abandonan los ideales y aspiraciones que los hacen fuertes para conformarse con la satisfacción de unas necesidades condicionadas o inducidas por los intereses de la élite dominante. Así, el hombre queda despojado de toda personalidad, hasta convertirse en un ser «unidimensional», que abreva los entretenimientos y recompensas que esa élite le brinda, entre los que el consumo bulímico y una dependencia tecnológica cada vez más absorbente ocupan un lugar privilegiado.

Marcuse consideraba que la sociedad tecnológica reforzaba la dominación de las masas; y que lograba debilitar la «energía erótica» del hombre (que para Marcuse es la fuente de la actividad artística y cultural), a la vez que volvía su sexualidad más intensa y tiránica.

A esta «liberación de la sexualidad en modos y formas que reducen la energía erótica» es a lo que Marcuse llamaba «desublimación represiva»:  
cuanto mayor es la liberación de la sexualidad que logran los hombres, más pálida y desfalleciente se torna su capacidad de protesta, más abyecta su sumisión al poder. Por supuesto, el planteamiento de Marcuse bebe de turbias aguas freudianas, y sus conclusiones son en parte discutibles; pero su concepto de «desublimación represiva» es de una vigencia que asusta.

Pues aquella «liberación de la sexualidad» que denunciaba Marcuse no había alcanzado todavía cuando escribió sus libros el grado de sofisticación anestesiante de nuestra época.

Nunca, en efecto, como en nuestra época se había logrado imponer de forma más eficaz esa «desublimación represiva».

A ello han contribuido la infestación pornográfica favorecida por las nuevas tecnologías, la proliferación de los derechos de bragueta y el florecimiento de un batiburrillo de ideologías “identitarias (feminismos, homosexualismos, ideologías de género, etcétera) que han desactivado por completo la vieja “lucha de clases”, atomizándola en un enjambre de egoístas luchas sectoriales, a la vez que han destruido por completo los “cuerpos intermedios” (empezando, por supuesto, por la familia), dejando a las personas más solas y desvinculadas que nunca, absortas en la exaltación de su sexualidad polimorfa.

Así, en esta nueva fase de la «desublimación represiva», ya no queda energía para cambiar las estructuras opresoras (que, además, ni siquiera son percibidas como tales), ya no quedan fuerzas ni cohesión social para reclamar mejores condiciones laborales, formas de vida más enaltecedoras o instituciones políticas menos corruptas.

Porque toda esa energía ha sido encauzada muy inteligentemente hacia una liberación de la sexualidad que nos tiene gratamente satisfechos, mientras nos masturbamos ante la pantalla del ordenador, mientras cambiamos de pareja o de sexo, mientras combinamos sexos y parejas, mientras abortamos como quien se quita una verruga, mientras indagamos nuestras copiosas y cambiantes identidades de género.

Y como, además, todas estas nuevas formas de «desublimación represiva» evitan o dificultan la procreación, la tornan enojosa o indeseable (o, por el contrario, codiciosa y exclusiva, como una modalidad más de consumo), ni siquiera tenemos que preocuparnos por dejar a nuestros hijos un mundo mejor, ni siquiera tenemos que preocuparnos por reclamar mejores condiciones laborales, formas de vida más enaltecedoras o instituciones políticas menos corruptas.

Nunca la gente había amado tanto su servidumbre.

Así podemos dedicar todas nuestras (exhaustas) energías a reclamar más derechos de bragueta, penes y vulvas de repuesto, penevulvas y vulvapenes reversibles, hasta quedarnos sin luchas, sin clases, sin padres, sin hijos, sin raíces, sin historia, prisioneros de nuestra bragueta, alfeñiques inocuos en manos de marionetistas que nos miran benévolos, y se carcajean.


Juan Manuel de Prada/XL Semanal
Fecha de Publicación: 20 de Marzo de 2017


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En su crítica de la sociedad de consumo de masas (El hombre unidimensional, 1954), Herbert Marcuse expone que lo que está sucediendo no es la sustitución de la alta cultura por la cultura de masas, sino la refutación de aquella por la realidad. 

Lo que cuenta no es el valor de verdad, sino el valor de cambio, o sea, la mercancía. Así, el sublimado campo del alma o del espíritu del hombre interior se deshace en problemas mecánicos mejor o peor resueltos mediante operaciones y actos de consumo. Hombres y naturaleza ya no son fines encantados o encantadores, sino instrumentos y ámbitos de dominio y explotación. Citando a Roland Barthes, Marcuse afirma que ya no hay un humanismo poético. El discurso es un discurso lleno de terror.

La descripción de Marcuse es estremecedora:

“La realidad tecnológica limita el campo de la sublimación. También reduce la necesidad de sublimación”.
“La liquidación de la alta cultura es un subproducto de la conquista de la naturaleza y de la progresiva conquista de la necesidad.
"Invalidando las loadas imágenes de la trascendencia, incorporándolas a su omnipresente realidad diaria, esta sociedad demuestra hasta qué punto los conflictos insolubles se están haciendo manejables: la tragedia y el romance, los sueños arquetípicos y las ansiedades se están haciendo susceptibles de soluciones y disoluciones técnicas.

El psiquiatra se ocupa de los donjuanes, Romeos, Hamlets, Faustos, conforme se ocupa de los Edipos: los cura. Los dirigentes del mundo están perdiendo sus características metafísicas. Su aparición en la televisión, en conferencias de prensa, en el parlamento y en discusiones públicas difícilmente se adapta al drama más allá de los límites de la publicidad (todavía existe el legendario héroe revolucionario que puede derrotar incluso a la televisión y a la prensa: su mundo es el de los países ‘subdesarrollados’), y en cambio las consecuencias de sus acciones sobrepasan la dimensión del drama.
"Las prescripciones para la inhumanidad y la injusticia están siendo administradas por una burocracia racionalmente organizada, que es, sin embargo, invisible en su centro vital. El alma contiene pocos secretos y aspiraciones que no puedan ser discutidos, analizados y encuestados.

La soledad, que es la condición esencial que sostenía al individuo contra y más allá de la sociedad, se ha hecho técnicamente imposible. El análisis lógico y lingüístico demuestra que los antiguos problemas metafísicos son problemas ilusorios; la búsqueda del ‘sentido’ de las cosas puede ser reformulada como la búsqueda del sentido de las palabras, y el universo establecido del discurso y la conducta puede proporcionar criterios perfectamente adecuados de respuesta.
"En un universo racional que, por el mero peso y las capacidades de su aparato, cierra todo escape. En su relación con la realidad de la vida cotidiana, la alta cultura del pasado era muchas cosas: oposición y adorno, protesta y resignación. Pero era también la aparición del reino de la libertad: la negativa a participar. Tal negativa no puede impedirse sin una compensación que parece más satisfactoria que la negativa. La conquista y unificación de los opuestos, que encuentra su gloria ideológica en la transformación de la alta cultura en popular, tiene lugar sobre una base material de satisfacción creciente. Ésta es también la base que permite una total desublimación. “

El refinamiento cultural de la sexualidad, implicaba su vinculación con el afecto, su sublimación en el amor (cfr. cap X de Eros y civilización). Su desublimación trae consigo la desvinculación de la sexualidad respecto del afecto y la ternura: el sexo frío, el sexo de consumo, el sexo mercancía. Tal desublimación implica modos represivos, el resultado es por ejemplo una “localización y contracción de la libido, la reducción de lo erótico a la experiencia y la satisfacción sexual”…

 http://filosofayciudadana.blogspot.com.es/2010/11/sublimacion.html

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