01 julio 2013

LA mentira os hara libres



La realidad y la ficción en la democracia

   D’Israeli:

 la política es el “arte de gobernar a la humanidad mediante el engaño”

 Fernando Vallespín, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid desde 1992, en la que ha ejercido casi toda su carrera académica, y donde ha ocupado cargos como el de vicerrector de Cultura, la dirección del Departamento de Ciencia Política o del Centro de Teoría Política de dicha universidad. También ha sido presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas de 2004 a 2008, y en la actualidad ostenta el cargo de director académico de la Fundación Ortega-Marañón. Ha publicado varios libros y más de un centenar de artículos académicos y capítulos de libros de ciencia y teoría política en revistas españolas y extranjeras, con especial predilección por la teoría política contemporánea. Colabora habitualmente en el diario El País y en la Cadena SER, expone con estilo, claridad y mesura, pero sin que le tiemble la escritura expresada con sencillez dirigida a un “público general, no a sus colegas”.

El autor ha considerado advertir antes de entrar en materia que, aunque “el libro está escrito por un académico” no va dirigido a sus colegas”, ha tratado de “evitar los excesos retóricos, las muchas citas y la “pedantería” casi tanto como caer en la banalidad o la presentación frívola de un tema que considero de la máxima importancia para la calidad de la democracia” Justa medida ya que la situación política y democrática en que nos vemos obligados a vivir, las castas políticas de unos y otros partidos nos la está situando un escaparate que deja mucho que desear, porque “La veracidad nunca se ha contado entre las virtudes políticas, y las mentiras se han visto siempre como instrumentos justificados en las transacciones políticas

Un doloroso y triste presente que para la ciudadanía no es una mera sospecha o capricho, pues está mayoritariamente descontenta y en algunos términos colérica porque “Hoy más que nunca comienza a extenderse la sospecha de que vivimos en la mentira, en la esfera de las medias verdades, de la simulación de las realidades aparentes”. La hipocresía lo domina todo hasta convertirse en el “tributo que el vicio paga a la virtud”, contando, previo pago, con “los medios de comunicación los que se convierten en algo inevitable e incluso la incentivan”, por lo que hemos llegado a algo que en 1521 ya expresó  
Maquiavelo:  
“Desde hace ya algún tiempo nunca digo lo que creo y nunca creo lo que digo, y así alguna vez resulta que digo la verdad, la escondo entre tantas mentiras que es difícil de encontrar”

La claridad de Vallespín exponiendo sólidos ejemplos y por tanto contundentes, en cuanto a crítica objetiva del enmarañado estado de nuestra política nacional e internacional, insiste en que soportamos
“Un mundo huérfano de verdad donde la textura de lo real se nos abre a una ilimitada gama de interpretaciones es un suelo fértil para edificar sobre él casi cuanto nos venga en gana”
Y prosigue:
“Y puede que en ese “casi” es donde esté la diferencia que hace que la diferencia, donde nos jugamos el ser o no ser de la democracia” Un panorama que a estas alturas a pocos ciudadanos coge de improviso, pues el asco reboza toda tolerancia hacia lo político, alcanzando niveles preocupante, peligrosos, para nuestra joven y endeble democracia, donde las libertades empiezan a recortarse y la ineficacia política aumenta hasta obligar la pregunta más insistentes de la sociedad española, porque “No es nada seguro que baste con la libertad, con gozar de espacio, prácticas y estructuras democráticas pasara combatir el engaño mediante el ejercicio de la crítica” Con la crisis la sociedad ante el miedo a perderlo todo busca la forma de poder salvar algo convirtiendo el diario vivir en una lucha por la supervivencia, por salvar lo posible, no perderlo todo, quien algo tenga, Esto crea, por imperativo, una ocupación total absorbente y en gran medida alienadora, siendo todos concientes de que
“Los políticos ya no representan a los ciudadanos y sus supuestos intereses y expectativas, se limitan a administrar los imperativos, casi siempre técnicos, de un sistema económico-aunque no sólo sea esté- sobre el que han perdido la capacidad de iniciativa”.

Un libro reflexivo, transparente, y de lectura fluida por la sinceridad del contenido y muestra de compromiso que todo intelectual, así como el ciudadano lúcido, debe mostrar con solidez, realismo y tolerancia, los muchos males que padece nuestra incompleta democracia poseída del virus de la degeneración y desmemoria de las ideas, suplantadas por un disfraz esperpénticos protagonizado por y mediocres cuadrillas de voceros del bostezo y el miedo.
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"NO SON LOS HECHOS LOS QUE ESTREMECEN SINO LAS PALABRAS USADAS PARA DEFINIR ESOS HECHOS"


O sea, estos politicos y medios de comunicacion CREAN la realidad cuando la "enmarcan" a traves de las palabras.

El género de la obra es el ensayístico. El estilo, ameno. Se lee como si se estuviera oyendo a don Fernando Vallespín dar una ponencia en la que no falta el diálogo con los miembros del auditorio. 
Con habilidad y sensibilidad docente, supera con éxito el desafío de escribir con rigor académico un libro asequible para legos, lo que es coherente con el propósito del texto, que no pareciera ser el de circunscribirse a los acotados espacios académicos o demostrar una tesis novedosa, sino espolear a los ciudadanos a serlo, resistiéndose a aplebeyarse, negándose a celebrar su “libertad” para opinar cualquier tontería en facebook, al tiempo que una agencia calificadora de riesgo extranjera determina las políticas públicas por encima del sufragio popular.

Con ese fin, Vallespín recurre a fuentes muy diversas. Desde autores clásicos que, como Platón o Maquiavelo, discurren sobre la organización de la polis y la gestión del poder, hasta pensadores de vanguardia (Nicholas Carr o Eva Illouz, por ejemplo) que reflexionan sobre el impacto de las nuevas tecnologías de la información en nuestra cognición y prácticas de socialización. El autor pone en diálogo a la filosofía política con la investigación empírica en ciencia política y sociología, a la antropología con la lingüística cognitiva, a la comunicación política con la gnoseología. Destacable en la obra, por su peso particular, es el pensamiento seminal de Arendt. Intuyo que en ella abreva especialmente don Fernando para extraer nuevas luces con las que alumbrar los tiempos que corren.
La estructura de la obra es simétrica y sencilla. Cuatro capítulos de seis subtítulos cada uno, complementados por una advertencia inicial (sobre el carácter de la obra) y un epílogo (¿o epitafio?) con el parte médico sobre la salud de la democracia moderna. A continuación, una breve introducción al contenido de cada uno:

El capítulo primero, La decadencia de la mentira política, trata de explicar la presencia de la mentira en la vida social y, en particular, en el mundo de la política. La relaciona con la capacidad humana para utilizar en beneficio propio las ambigüedades y sutilezas del lenguaje, y con la motivación que para emplearla tienen los políticos. No porque resida en la naturaleza de estas personas una inclinación a mentir, sino por las características de la política democrática y de la mediatización de la competencia que le es propia en la actualidad (lo que Vallespín denomina “hipocresía defensiva” de los políticos). La causa principal de todo esto, sin embargo, está en que vivimos en un mundo “huérfano de verdad”, en el que el lenguaje no representa la realidad, la constituye. Así, en una posmodernidad sin realidad social objetiva alguna, la lucha por el poder es la lucha por definir la realidad continuamente, con las armas del spin, los frames, y el storytelling, en una guerra sin tregua entre múltiples representaciones de los hechos.

El capítulo segundo, Democracia y verdad, una pareja malavenida, es, a mi juicio, el más valioso y sugestivo del libro. Si la política democrática está cada vez más signada por la ficción, ello se debe a la compleja relación entre la verdad (su potencialidad despótica) y la democracia, y, por otro lado, entre los elevados ideales de esta y su (modesta) realización efectiva. En cuanto a la primera tensión, la democracia existe en tanto y en cuanto la realidad objetiva no nos es accesible. Algo que Rorty celebra en el altar de la libertad (lo que, por cierto, podría ser otra lectura del título elegido por Vallespín: de no ser por nuestro derecho a mentir, a reconstruir la realidad continuamente con arreglo a nuestros intereses, no seríamos libres). Respecto de la segunda tensión, aunque la veracidad y la sinceridad se cuenten entre los ideales democráticos, al instaurar el sistema democrático, de hecho, el gobierno de la opinión, incentiva a los políticos (cuyo éxito o fracaso depende del respaldo popular) a intensificar conductas comunes a las personas cuando actuamos en sociedad: usar máscaras, actuar un papel y echar mano de estrategias de persuasión, lo que, en su caso particular, satura de teatralidad la escenificación de la realidad gestionada por los medios (ya de por sí propicios, en tanto industrias de producción de novedades, a la espectacularización de los hechos).

Otras tensiones, además, complejizan la situación. La política democrática está sujeta a un doble condicionante. Primero, continúa estando anclada (aún en el contexto de la Unión Europea) en lo local (que es donde el político promete y la gente vota) y, sin embargo, la acción de gobierno debe responder, también, a actores, dinámicas y regulaciones internacionales y supranacionales, en las que los principios democráticos solo excepcionalmente operan. Segundo, mientras los gobiernos deben encargarse de “la gestión de los sacrificios sociales” impuestos por el sistema económico, que cada vez más se presentan como “necesarios”, inevitables, sustraídos de todo debate, requieren, también, seguir justificando sus acciones de cara a sus electorados, correligionarios políticos, y clientelas que demandan ser satisfechas. Aquí Vallespín lanza su advertencia más contunde: si los gobiernos no pueden hacer más que administrar las decisiones de mercados, de agencias calificadoras y del FMI, sus operadores no solo se verán (aun más) obligados a crear narrativas para disimular su irrelevancia, sino que, lo que es más grave, habrán asumido la impotencia de la política. Sustituido el político por el gestor, la figura del ciudadano carece de sentido. La democracia deviene en una tecnocracia en la que participamos solo de mentiras.

En el capítulo tercero, Patologías de la opinión, Vallespín mueve el lente de su análisis y se enfoca en la ciudadanía, no en los políticos. Primero realiza un análisis crítico de la democracia deliberativa. Si bien una serie de condiciones óptimas harían del debate público una instancia que favorecería la elevación epistémica de las decisiones políticas que como personas adoptamos, lo cierto es que las más altas aspiraciones de los teóricos de la democracia deliberativa se estrellan contra nuestra condición humana. Particularmente contra nuestra tendencia (cada vez más pronunciada, merced a la cultura individualista y a la emergencia de las redes sociales en el internet 2.0), a confundir las opiniones que sostenemos con nuestra identidad y persona misma. Es lo que el autor denomina el “narcisismo de la opinión propia”. La defensa a ultranza del derecho a pontificar sobre cuanto le plazca sin necesidad de fundamentar lo que dice, así como la convicción de que en ello, en el ejercicio libérrimo (e irresponsable) del derecho a emitir opiniones, se juega su libertad y dignidad, retratan a este tipo de narcisista. Guetos virtuales como su comunidad de amigos en facebook o la de los foristas del blog que usualmente frecuenta (la “deliberación” de los afines), le permiten reafirmarse en sus posiciones y sentirse parte (especial) de un grupo. Es el ciudadano promedio de nuestras sociedades en las que abundan las comunicaciones pero no las deliberaciones.

El cuarto y último capítulo, El bazar de los disfraces, profundiza estas últimas cuestiones. El autor se pregunta por la subsistencia de un mundo común respecto del que pueda debatirse y sobre el cual quepa la acción política. Cuando la realidad aparece compartimentalizada y cada individuo reproduce sus opiniones en infinidad de atomizados grupos, sin que estas se enfrenten con las de otros, se imposibilita la dialéctica que podría generar resultados sintéticos. Un ágora dónde compartir el mundo, es lo que Vallespín echa en falta. Sin acceso directo a la realidad, sin ni siquiera una experiencia común de esta, el mundo se nos presenta siempre mediado, opinado y encuadrado (en multiplicidad de formas), por los medios. Así, en el espacio público no se discuten hechos. Se informa sobre la observación de observadores que observan lo que ocurre. Es allí donde los políticos (que vuelven a aparecer en la obra) se arrollan las mangas para trabajar, no sobre la realidad, sino sobre las percepciones sociales de esta, sobre la opinión pública.
Lo anterior motivaría a los políticos a simular el debate entre ellos. Aunque parezcan dirigirse a la bancada opositora, en realidad, unos y otros, se dirigen al público en casa. Fingen darse razones, pero no tienen incentivos para converger y llegar a acuerdos, sino para disentir y radicalizar sus posiciones. De este modo, no solo logran diferenciarse (lo que para cualquier marca es elemental), sino que, con ocasión del ataque al oponente, del alarmismo y la indignación, producen “política espectáculo”. De esta depende la atención que les presten los medios, única vía para competir en la conformación de las corrientes de opinión de los ciudadanos (reducidos a meros consumidores). La política, en consecuencia, es menos argumentativa y más emocional, más personal y menos institucional. El botín es la atención del público a través de los medios. Una prensa inclinada hacia el sensacionalismo, la negatividad y la laxitud analítica, siempre en competencia por las audiencias a las que hay que impactar y escandalizar día a día con “algo nuevo”, cierra la triada de esta torre de Babel de hiper-conectado autismo.

El nombre del Epílogo: Grecia al comienzo, Grecia al final. ¿Se ha autoliquidado la democracia?, me da pie para una valoración final del libro. Varios son sus méritos. Uno es (no podía esperarse otra cosa) la sinceridad. No se pretende un texto objetivo, científico, que mire a su objeto de estudio desde una distante ajenidad. Es una advertencia. Otea más amenazas que oportunidades. Admite con honestidad intelectual las respuestas que le faltan, sobre todo en materia de representación política. Abre interesantes vetas de investigación.

La obra no es alarmista pero sí un tanto pesimista. En su lamento por la desaparición de los intelectuales, de un debate político argumentativo o de un espacio público que le sea propicio, no queda claro si compara las democracias actuales con otras mejores, más “reales”, del pasado, o si las enfrenta con sus ideales, en cuyo caso no es de extrañar que las de hoy tengan perdido el duelo. Pienso que este es el caso. Que, con Bobbio, Vallespín critica la democracia realmente existente enfrentándola a sus promesas incumplidas. Lo que, además de válido, es necesario. Como la de Saramago, la suya es una mirada triste y lúcida de la realidad. Lucidez, también, para distanciarse de los discursos antipolítica, de los cuales un rasgo distintivo es la victimización de la ciudadanía. Su condescendencia, morbo e indiferencia, acusa Vallespín, ha contribuido al estado actual de cosas. Para el autor, los ciudadanos de las democracias modernas, los hijos de Abraham tan seguros de ser libres, estamos poco atentos a lo que debería concernirnos. No somos víctimas inocentes de la clase política. Nuestra pasividad “correlaciona bien con lo que se nos oferta”.

Muy por el contrario, la obra toda es una reivindicación de la política (el clásico de Sir Bernard Crick asoma en sus páginas). Exige que la verdad incuestionable de nuestra época, la lógica del actual sistema económico, pase, también, por el crisol del debate democrático, so pena de hacer de las urnas una farsa. Por eso puedo concluir que el libro de Vallespín es crítico, no fatalista. Es una apelación a la capacidad humana de acción, a la posibilidad de nuevos comienzos, a la fe en los milagros de Arendt frente a los callejones sin salida de la historia (y qué duda cabe que nos encontramos en uno de ellos): “si el sentido de la política es la libertad, es en este espacio -y no en ningún otro- donde tenemos el derecho a esperar milagros… porque los hombres, en la medida en que pueden actuar, son capaces de llevar a cabo lo improbable e imprevisible
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