25 noviembre 2012

Descubre donde nos quieren llevar

 Descubre algunas cosas fundamentales de la economia que no te cuentan y el futuro que nos tienen preparado estos individuos sin alma  (a menos que nos movamos, y no precisamente para votar):

Alberto Garzon nos lo explica claramente desde mas alla de las "derechas" o "izquierdas":

FACULTAD DE SOCIOLOGIA Y POLITICA -  GRANADA :


Tambien mas alla de la trampa de las "derechas" o "izquierdas"...-- EL CAPITALISMO explicado en 3 minutos por JOSE ANTONIO PRIMO DE RIVERA en el año 1935 ¡¡¡ ....NADA HA CAMBIADO:

 


http://rapidshare.com/files/1498497213/Peque%C3%B1o%20extracto%20de%20discurso%20de%20Jose%20Antonio%20Primo%20de%20Rivera%20-%201935%20-%20BANCOS.mp3


«Todos los trabajadores, ante la angustiosa situación presente, han de preguntarse a qué se debe el que, a pesar de los constantes cambios de Gobierno, a pesar de haber gobernado las izquierdas, a pesar de los Gobiernos de centro y de derecha, el paro aumente sin cesar, la carestía de vida se haga cada vez más agobiadora y la pugna entre las clases sea cada día más áspera.

Fácil es comprobar la existencia de estos problemas y aun su agravación. Con Gobiernos en que figuraban ministros socialistas, todas las calamidades que abruman a la masa obrera no sólo no tuvieron solución, sino que se agudizaron. Con Gobiernos de derecha, toda la política se orienta en contra de los productores; empeoran las condiciones de trabajo, se reducen los jornales, aumentan las jornadas, se los persigue, etc.

¿Qué significa esta coincidencia en el fondo de los partidos políticos, sean de derechas o sean de izquierdas? Significa que el régimen de partidos es incapaz de organizar un sistema económico que ponga a cubierto a la masa popular de estas angustias; que tanto unos partidos como otros están al servicio del sistema capitalista.

Mientras la terrible crisis económica actual ha arruinado o está en camino de arruinar a los modestos productores, y la masa obrera sufre como nunca la pesadilla del paro, la cifra de los beneficios obtenidos por los beneficiarios del orden actual de cosas, los dueños de la Banca, es elevadísimo.

Así la tarea urgente que tienen los productores es ésta:

destruir el sistema liberal, acabando con las pandillas políticas y los tiburones de la Banca.»

Jose Antonio Primo de Rivera en 1935,
¡ hace 77 años! : José Antonio ("Arriba", nº 20, 21 de noviembre de 1935).
 



EDAD DE PROMEDIO DE VIDA en la EDAD MEDIA y POSTERIORMENTE---
¡ NO SE VIVIA TAN MAL EN LA EDAD MEDIA COMO NOS HAN CONTADO ¡¡
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En el Medievo, una mujer podía ser médico, ilustradora, abadesa de monasterios mixtos, comerciante, universitaria, escritora… 
Hay que llegar a los Ilustrados para encontrar a la mujer sin personalidad jurídica…
Dionisio Romero

24 noviembre 2012

CUANTO ES SUFICIENTE ? - libro


¿Se imaginan un mundo en el que solo trabajáramos quince horas a la semana y dedicáramos el resto del tiempo al ocio?

Esta utopía (o no) la planteó el famoso economista John Maynard Keynes hace más de 80 años. La profecía no se ha cumplido de momento. ¿Por qué? 
El biógrafo de Keynes, Robert Skidelsky y su hijo, Edward, tratan de explicar los motivos de este fracaso en el libro


¡Qué perfecta sincronización entre economía y filosofía! 
Un libro como este es lo que la gente que conozco está pidiendo en estos momentos. Los Skidelsky argumentan que el tiempo no es sólo el dinero... Me recuerda a un sabio consejo de un compañero del New York Times:
Todo lo que tienes es tu tiempo. -Sylvia Nasar

¿Cuánto necesitamos ganar para gozar de una buena vida?

Keynes predijo en 1930 que al cabo de un siglo, hacia 2030, 
los progresos tecnológicos nos permitirían vivir con desahogo, sin apenas necesidad de trabajar, y que esto nos daría la felicidad.

No es este el camino que sigue el desarrollo económico actual, dominado por la codicia, que nos está conduciendo a la desigualdad y la pobreza.

El libro explica cómo hemos llegado a esta situación  analizando  la realidad de este mundo en crisis, y nos plantean, al propio tiempo, la necesidad de volver a reflexionar sobre temas como los usos de la riqueza o la naturaleza de la felicidad que, aunque parezcan debates filosóficos del pasado, siguen siendo necesarios para que podamos definir cómo ha de ser esa “buena vida” a la que aspiramos, y para ofrecernos formas de escapar de los condicionamientos de un sistema que nos oprime y nos agobia, con el fin de construir otro mejor.

El experto en Economía Lord Robert Skidelsky. | Ione Saizar

"El capitalismo incrementa los deseos pero reduce la posibilidad de satisfacerlos"

El libro reflexiona sobre los usos de la riqueza, la naturaleza de la felicidad y propone alternativas para conseguir una “vida buena”

En 1930 el economista estadounidense John Maynard Keynes escribió Las posibilidades económicas de nuestros nietos, una especie de ensayo-pronóstico en el que el reputado economista predecía que en el año 2030 las sociedades industrializadas habrían progresado tanto que la mayoría de sus ciudadanos se dedicaría fundamentalmente al ocio con una jornada laboral de apenas 15 horas semanales.

82 años después de aquel vaticinio resulta evidente que el economista estaba equivocado... La mayoría de la sociedad no sólo no vive como Keynes predijo sino que ve como su nivel de vida y sus posibilidades de mejorar van disminuyendo.

Partiendo de este erróneo pronóstico, Robert Skidelsky,  reflexiona sobre el uso de la riqueza en la sociedad occidental actual, la naturaleza de la felicidad humana y  propone alternativas reales para tratar de acercar a la sociedad a la “buena vida” que pronosticó Keynes.

entrevista: 

En la obra, ustedes afirman abiertamente que el sistema capitalista actual nos está conduciendo a más desigualdad y más pobreza. El ciudadano que se da cuenta de esta realidad pero qué no sabe como analizarlo ni por donde enfocar el problema, ¿sobre qué ideas o puntos debería reflexionar para tratar de buscar soluciones?


Robert Skidelsky: El ciudadano debe reflexionar sobre dos cuestiones diferenciadas: ética y política.
En lo referente a lo ético, el capitalismo ha conseguido producir cada vez más riqueza pero esta riqueza se está distribuyendo de forma cada vez menos igualitaria y aquí tenemos el problema ético sobre el cual reflexionar. Todos necesitamos cierto nivel de riqueza para conseguir una buena vida, pero
¿qué es una buena vida y qué nivel de riqueza necesitamos? Por otro lado, hay que reflexionar sobre la cuestión política.
¿Cómo organizarnos para qué esto ocurra?..........


Marx plantea una cuestión muy profunda. Él dice que el capitalismo no se puede reformar porque la base del sistema es la explotación del hombre y cada vez que se reforme dará lugar a una crisis. Sin embargo, sí se han visto casos de capitalismo reformado que han funcionado bien como los modelos europeos durante muchos años. Actualmente, los modelos que vemos en Estados Unidos, Inglaterra o España vemos que no funcionan.

“El Estado está promoviendo la insaciabilidad económica de mercados e individuos”
Para conseguir un modelo de capitalismo que no conduzca a más pobreza y desigualdad ustedes hablan de tres reformas básicas: 

instauración de una renta básica, 
reducción sobre la presión del consumo y la reducción de la publicidad.

¿Con estas tres reformas el sistema resultante sería llamándose capitalismo?

Robert: Un tigre y un gato son la misma especie, un felino. El capitalismo sin control es un tigre y un capitalismo controlado es un gato.

Por otra parte, se puede decir que nosotros no estamos abogando por un sistema socialista sin propiedad privada y libre comercio. Si piensas que el capitalismo como sistema está diseñado para la acumulación del capital llega un momento en el que has acumulado tanto capital que ya no necesitas acumular más, entonces cómo llamamos a este momento, ¿el final del capital? Al fin y al cabo, no siempre estaremos viviendo el mismo sistema.

En el libro plantean la de la insaciabilidad del ser humano como uno de los problemas de este capitalismo sin control. ¿Creen que el ser humano puede superar esta insaciabilidad y que el sistema deje de buscar la acumulación de riqueza sin fin?

Edward: La insaciabilidad del ser humano sí puede dirigirse hacia otros elementos que no sean el dinero. Se puede también ser insaciable de dinero, belleza o poder. Hay formas de insaciabilidad que hay que desanimar y evitar y guiar al ser humano hacia formas de insaciabilidad que son buenas.

Robert: De hecho, la insaciabilidad por el dinero antes no existía porque hubo épocas en las que no había dinero.
Cuando habla de desanimar la insaciabilidad de acumulación de riqueza, qué actor debe promover esas barreras? ¿Se refiere al Estado?

Edward: El Estado y los individuos de manera individual. Las personas deberían ser las que se guiaran hacia una insaciabilidad buena e intentar desprenderse de la necesidad de acumular dinero.


Robert: Uno de los mayores mitos que tenemos que sufrir es que el Estado es neutro. Pero sucede que cuando se reclama la actuación del Estado para poner barreras a la insaciabilidad aparecen los liberales [económicos] y niegan esta participación porque se rompería la libertad de elección del mercado o la neutralidad del Estado. Pero no es así.

En realidad, el Estado está promoviendo la insaciabilidad económica de los mercados y los individuos y nos empuja hacia ella.
Un ejemplo más: el Estado regula la publicidad,
¿por qué no promueve una publicidad diferente a la de consumir productos todo el rato? 

Edward: Hemos recibido críticas que nos acusan de no estar a favor del libre mercado y nos preguntan pero ¿el mercado no te deja libre elección? Nosotros contestamos que sólo existe libre elección entre los bienes del mercado y no con los que no están dentro del mercado. Por lo que, efectivamente, no hay libre elección. 

"Si sólo podemos elegir los bienes que están dentro del mercado, no hay libertad de elección" 

Ustedes abogan y cito textualmente: “por una economía orientada a hacer realidad los bienes básicos de la sociedad” y “quitar el poder a los empresarios de fijar los horarios de trabajo y los términos”.

En el pensamiento dominante actual, estas dos afirmaciones serían calificadas por muchos pensadores y economistas como de anti sistemas o comunistas.

Robert: Los que nos pueden acusar de esto, directamente, ignoran la historia.

El Estado ha estado interviniendo en la sociedad, en la economía y en las condiciones del trabajo desde el siglo XIX. En 1830, el Estado decidió que los niños sólo podían trabajar 12 horas al día.
Después, llegó otra ley que prohibió del todo el trabajo infantil.

Actualmente, el número de horas laborables está especificado por ley y recientemente Francia ha limitado el número de horas a 35 semanales. Y Francia no es un país socialista.

¿Entonces quién está equivocado? Actualmente, hay un giro en política hacia la derecha que está quitando todas estas leyes y condiciones como los seguros en caso de accidente laboral y haciendo perder fuerza a los sindicatos. ¿Dónde están los sindicatos? El Estado no ha parado de regular nunca, pero sucede que con esta derecha se está perdiendo estas regulaciones del Estado.

Edward: También hay una falsa creencia de que la vitalidad económica o la productividad depende del número de horas trabajadas.

Cuantas más horas, más vitalidad.

Sin embargo,Grecia es el país de Europa que más horas trabaja y la troika quiere que trabajen aún más horas.

En el otro lado, está Alemania, que es de los países donde menos horas se trabaja.

Si comparamos la productividad de uno y otro vemos que no está relacionada productividad con horas de trabajo. 


¿Creen que los mercados en nombre de la libertad han arañado o robado la libertad de los ciudadanos de intervenir en la vida pública y defender sus derechos a través del Estado?

Robert: Sí. Sin lugar a dudas.

Edward: En la situación actual, con el paro tan elevado que están sufriendo las sociedades actuales, los trabajadores necesitan más al empresario que viceversa. El empresario puede sustituir a los trabajadores cuando desee. En esta situación, si quitas derechos a los trabajadores, al trabajador le queda poco margen de maniobra.

Ustedes señalan la llegada de Reagan y Tatcher al poder como el momento histórico en el que la economía se desliga de la sociedad.

La economía surgida de las reformas de los 80, ¿puede conseguir el bien común de la sociedad mediante sus iniciativas individuales como decía Adan Smith?

Robert: No, de esta manera. Cuando las cosas iban bien, cuando la economía crecía, la abundancia de riqueza tapaba los agujeros del sistema. Ahora que estamos en crisis van apareciendo los agujeros que íbamos tapando como podíamos en los tiempos de abundancia. No sólo estamos en una crisis económica, sino también en una crisis del sistema.

"Una vez que no haya capital que acumular, el capitalismo desaparecerá"
Volviendo a la naturaleza del ser humano, ustedes señalan que el sistema capitalista ha enfatizado la envidia y la avaricia del ser humano.

Quería preguntarles sobre el eterno dilema sobre su naturaleza? Ustedes creen como Rousseau que el ser humano es bueno por naturaleza pero que la propiedad privada lo corrompe?

Edward: No. No comulgo con Rousseau porque la envidia no se debe únicamente a la propiedad privada. Un ejemplo universal de esto es la envidia sobre la mujer de tu vecino o el marido de tu vecina. Creo que hay muchos tipos de envidia que no tienen que ver con la propiedad privada.

Robert: Se trata de que el capitalismo incrementa el deseo pero reduce la posibilidad de satisfacerlos.

En su obra, como en la muchos otros autores, señalan al sistema capitalista como un paso previo a un nuevo sistema más armonioso, por así decirlo. ¿Qué vendría después de este sistema?

Edward: El capitalismo está basado en la acumulación de capital. Una vez que no haya capital que acumular, el capitalismo desaparecerá. El problema es que hay gente que defiende que siempre habrá capital para acumular, nuevos productos y nuevos nichos de mercado. Por lo que el capitalismo, se regenera continuamente. Una forma que tiene el capitalismo para seguir avanzando es cargarnos con una mayor deuda y una vez que estamos demasiado endeudados el sistema se colapsa y llega la crisis.

En este regeneración ha llegado el poder absoluto del capitalismo financiero. ¿La crisis viene provocada por esta necesidad de crear y crear nuevos capitales que apropiarse?

Edward: Desde luego. Quieren crear más capital, más productos y que la gente siga consumiendo y endeudándose. Se puede decir que la crisis se debe al capitalismo financiero y son los bancos los que van acumulando más y más capital.

A lo largo de la historia hemos tenido unas barreras morales que impedían la acumulación de riqueza en las mismas manos. ¿Por qué han ido desapareciendo estas barreras?

Edward:  
Ha habido una voluntad explícita de derribar esas barreras morales.  

Pensadores como David Hume o Adan Smith abogaron en el siglo XVIII por eliminar esas barreras para tener Estados más ricos.

Robert: Debo añadir que en el siglo XX volvieron a aparecer esas barreras morales con los movimientos sindicales, laborales y las democracias, pero se volvieron a derrumbar estas barreras en los años 80.

Fuente: http://www.publico.es/444524/el-capitalismo-incrementa-los-deseos-pero-reduce-la-posibilidad-de-satisfacerlos
¿Por qué tienes que leer este libro?

La necesidad de replantearse qué quiere decir una “buena vida” está cada día más presente y es cada vez más necesaria, en vista del cambio de paradigma que está representando esta larga crisis de la que aún tardaremos en salir, y cuando lo hagamos será con muchos daños colaterales.


Los autores

Robert Skidelsky  1939

Robert Skidelsky es catedrático emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick.

Su magistral biografía de John Maynard Keynes (1983, 1992, 2000) ha recibido numerosos premios, entre los que se cuentan el Lionel Gelber Prize for International Relations y el Council on Foreign Relations Prize for International Relations.

También es autor, entre otras obras, de El mundo después del comunismo: la polémica de nuestro tiempo (Ariel, 1996) y de El regreso de Keynes (Crítica, 2009).

Miembro de la Cámara de los Lores británica, obtuvo el título vitalicio en 1991 y fue elegido fellow de la Academia británica en 1994.



Edward Skidelsky
Profesor de Filosofía en la Universidad de Exeter. Es autor de Ernst Cassirer: The Last Philosopher of Culture y colabora habitualmente en medios como New Statesman y Prospect.

Robert Skidelsky, biógrafo por excelencia de John Maynard Keynes, ha querido rescatar a tiempo uno de los legajos más olvidados del 'maestro': 'Posibilidades económicas para nuestros nietos'. En plena Gran Depresión, sin dejarse amilanar por los nubarrones, Keynes vaticinó que en el 2030 los países desarrollados tendrían lo 'suficiente' como para permitirnos trabajar 15 horas semanales y redefinir nuestras prioridades.


Se equivocó Keynes, está claro. El apetito insaciable por la acumulación material ha seguido alimentando la máquina hasta llegar donde estamos
Pero Robert Skidelsky y su hijo Edward (filósofo) se proponen resucitar la premisa del 'maestro' y poner al día su visión de 'la buena vida' para cuando llegue, si es que llega, la salida del túnel.

'Un futuro distinto y mejor'


Desde su oficina en Westminster, Lord Skidelsky nos invita a imaginar la sociedad a la que aspiramos en diez o veinte años, aunque por el camino haya que volver (temporalmente) por la vía del crecimiento en el sentido más ortodoxo... "Tenemos que volver al menos al nivel de empleo que existía antes de la recesión. Y tal y como está organizada hoy en día la economía, la única manera de lograr ese objetivo es aumentando la demanda... Si Europa quiere salir de la crisis, va a tener que cancelar los programas de austeridad que están estrangulando aún más la demanda. No se puede combatir exclusivamente la deuda hasta el punto de destruir la economía".

Skidelsky quiere trazar una línea muy gruesa entre "las políticas a corto plazo para la recuperación económica" y "la visión a largo plazo para la buena vida". Una vez recuperada la 'normalidad', sostiene, llegará el momento de explorar nuevas vías como la 'renta básica' (que no es lo mismo que el salario mínimo), el impuesto progresivo sobre el consumo y otras propuestas esbozadas en su libro.
"Lo que está claro es que no podemos reincidir en el error y continuar por el camino que hemos llevado los últimos treinta años, cabalgando al galope de una crisis a otra".


"El capitalismo ha conseguido un progreso incomparable en la creación de riqueza, pero nos ha dejado incapaces de dar a esa riqueza un uso civilizado", escriben Robert y Edward Skidelsky en uno de los capítulos más críticos del libro.

"Está claro que el capitalismo no tiene una tendencia espontánea a convertirse en algo más noble. Si dejamos que la maquinaria funcione por sí misma, siempre querrá más, sin un objetivo claro y sin fin posible".

El propio Keynes expresó en vida su ambivalencia hacia el capitalismo.

"El 'maestro' pensaba que cuando se hubiera alcanzado el objetivo de la abundancia colectiva, el capitalismo se aboliría por sí mismo", asegura Skidelsky. "En los años cincuenta y sesenta, cuando muchos gobiernos pusieron en marcha una mayor intervención en la economía siguiendo los principios de Keynes, se hablaba de la economía mixta o de un sistema socialdemocrático.

La palabra 'capitalismo' cayó de hecho en desuso hasta el giro que volvió a producirse en los años ochenta".
¿La codicia, ADN del capitalismo?

"¿Acaso la codicia está en el ADN del capitalismo?", le preguntamos al coautor de '¿Cuánto es suficiente?'. "La codicia ha estado presente en todas las sociedades humanas", reconoce Skidelsky.

"Uno empieza con la idea de llegar a un nivel que considera 'suficiente', pero llegado a ese punto resulta que quiere más... Forma parte del deseo humano de mejorar, es algo propio de nuestra especie. Y luego, ese afán de comparar nuestros logros con los de los demás".

Llegamos así al consumismo, "el gran placebo del capitalismo moderno". Según Skidelsky, tan necesaria como la 'tasa Tobin' para las trasacciones financieras debería ser la introducción de un impuesto progresivo sobre el consumo (gravando los artículos de lujo).

En su opinión, el hiperconsumismo y el 'sobretrabajo' son las dos caras de la misma moneda, con la que seguimos pagando a duras penas los excesos de las tres últimas décadas.

Las 15 horas semanales que vaticinaba Keynes pasaron pues a la historia de las utopías. "Pero está claro que tendremos que trabajar menos si queremos trabajar todos", apunta Skidelsky, "y ése es un debate que tendremos que afrontar necesariamente a la hora de combatir el desempleo".
'Las posibilidades económicas de nuestros nietos'


"Nuestros hijos y nietos van a estar posiblemente peor que nosotros en términos de consumo y de PIB, pero pueden estar mejor en muchos otros sentidos, en términos de salud, felicidad, amistad, contacto con la naturaleza y todos los elementos que queramos incluir en eso que llamamos la 'buena vida'.
Las nuevas generaciones han sido testigos de hasta dónde nos han llevado nuestros errores, y seguramente serán menos insaciables de lo que hemos sido nosotros".


Parecida es la tesis de Michael Sandel, politólogo de Harvard que en su libro “What Money Can’t Buy”  
(“Lo que no puede comprar el dinero”),
se pregunta si no habremos sobredimensionado el papel de los mercados.

Porque cuantas más cosas puedan comprarse con dinero, tanto más traumática resultará su carencia. Y además la compraventa puede corromper la percepción de los bienes.

Dos ejemplos: no funciona el pagar a los donantes de sangre, y dar dinero a los escolares para animarles a la lectura de libros convertiría el placer de la lectura en una verdadera lata.

Sandel no marca con precisión los límites, pero los Skidelsky son más atrevidos al proponer políticas encaminadas a conseguir la buena vida más que el crecimiento ilimitado:

- la renta básica, 
- los impuestos al consumo más que a los ingresos y 
- poner fin a la desgravación tributaria de los gastos empresariales en publicidad, lo que reduciría el incentivo a trabajar y la tentación de consumir.

En su ensayo ‘Las posibilidades económicas de nuestros nietos’, de 1930, el economista británico John Maynard Keynes predijo que al cabo de un siglo las sociedades industrializadas habrían progresado tanto que sus avances tecnológicos permitirían a las personas vivir con desahogo, sin apenas necesidad de trabajar, y que eso proporcionaría la felicidad.


¿Cuánto es suficiente? reflexiona sobre el sistema económico actual y el alejamiento de la sociedad del concepto de ‘buena vida’, algo que los seres humanos han intentado perfilar a lo largo de los tiempos, desde la Grecia clásica hasta el cristianismo o el marxismo.






Cuando Ronald Reagan y Margaret Tatcher establecieron el crecimiento de la economía como fin en sí mismo y no como un medio para la consecución de la buena vida de las personas todo empezo a degenerar.

Ese indicador de crecimiento, que no tiene en cuenta otras preocupaciones del ciudadano como la salud, el ocio, el Medio Ambiente, el arte, la belleza, la amistad.


La buena vida, a diferencia de la felicidad (algo privado y psicológico, no siempre conectado con las condiciones de vida) se basa para los Skidelsky en una serie de elementos básicos que el Estado debería promover, aunque corresponde a los ciudadanos disfrutar y desarrollar por completo:

salud, seguridad (física o económica), respeto, personalidad (libertad para actuar con autonomía), armonía con la naturaleza, amistad (lazos afectivos con los demás) y ocio (lo que se hace porque sí, no por obligación o con un fin).

Frente a la confusión entre necesidad y deseo que parece imperar, proponen una renovación ética, más políticas sociales y la reducción de la presión por consumir o la publicidad que altera la libre elección del ciudadano.

 
libro relacionado: 
 "Eliminar el paro ES POSIBLE trabajando menos", 
junto con el blog  www.eliminarelparoesposible.com, donde nos animan a informarnos, opinar, criticar, sugerir  lo que creámos conveniente. 
Es necesario ampliar el debate para acceder a esa "vida buena" que vaticinaba el maestro Keynes.

Libro:       Eliminar el paro ES POSIBLE trabajando menos
Accede a un extracto del libro pulsando sobre la imagen
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¿Cuánto es suficiente?

El paradigma social en el que vivimos está muerto, pero sigue avanzando como un muerto viviente, como un zombi, sin finalidad consciente, sin ninguna preocupación moral, más allá de la de ingerir el máximo posible de todo lo que hay a su alrededor, como los caminantes de la afamada serie estadounidense. 
Hemos de avanzar hacia otra paradigma, al que denomino "Paradigma del don", pero hay que ir paso a paso, primero debe morir definitivamente el actual.

Y morirá, no por lo que hagamos los que estamos contra él, pues aun no existe el afuera del modelo capitalista y todo lo que se hace viene a darle fuerza, de ahí que nos planteáramos en un post anterior que lo que había que hacer era no hacer.
Sin embargo, el sistema mismo se encamina hacia su autodestrucción y la explicación se encuentra en el corazón mismo del capitalismo, la Tasa de ganancia. Véase el gráfico que mide desde final de la Segunda Guerra Mundial hasta el año pasado los tres parámetros de la economía capitalista.

La línea negra es la Tasa de ganancia que mide la relación entre el plusvalor y la inversión de capital.
En azul tenemos la Tasa de plusvalía, que es el trabajo no pagado y por tanto el beneficio.
Y en naranja tenemos la Composición orgánica del capital, que resulta de la relación entre el capital constante, los medios de producción, y el capital variable, los salarios.

A más salarios, menor composición orgánica del capital. 
El interés del capitalismo es aumentar la Tasa de ganancia para asegurar la reproducción del capital y esto se puede lograr disminuyendo la composición orgánica del capital, sea porque disminuyen los salarios o porque disminuye el capital constante invertido. 
En todo caso, el capitalismo necesita para subsistir aumentar constantemente la Tasa de ganancia, y eso le lleva a producir sin más objetivo que el de revalorizar el capital. Esta ceguera le lleva, ineludiblemente a la destrucción de la base material de producción, la naturaleza, y también a la humanidad.

Sin embargo, a diferencia de las crisis anteriores del capitalismo, esta ha llegado a su límite. Como puede verse en la gráfica, desde el año 2000, crisis de las puntocom, la composición orgánica del capital no ha dejado de aumentar, debido al aumento de los costes del capital constante.

Esto se come los beneficios y mina la posibilidad del capitalismo de subsistir.

En estos últimos años, además, se ha producido un vertiginoso aumento de los beneficios financieros, a costa de las condiciones de vida de las personas y de los sueldos reales de los trabajadores.

En el punto en el que estamos, con la Tasa de ganancia por debajo de la composición orgánica del capital, la única manera, no ya de tener beneficios, sino de subsistir el capitalismo es reducir el capital variable, es decir, los salarios. 

Esta es la intención de la reforma laboral del gobierno. Lo explico.
La reforma laboral no va a conseguir crear empleo, ni hoy ni cuando las condiciones cambien.

El empleo lo crea la inversión, es el capital y no la ley la que crea el empleo.

Lo que no nos dicen y es lo que subyace, es que el empleo que se creará será precario, con bajos sueldos y malas condiciones.

¿Cómo se baja el salario? Es bien sencillo, quitando al trabajador la única arma que posee, la negociación colectiva.
Hecho esto, los salarios se deflactarán un 30% en pocos años. Esto es una necesidad, no de la voracidad del capitalista, que también, sino del sistema mismo, que necesita aumentar la Tasa de ganancia y lo único que puede hacer es reducir la composición orgánica del capital vía reducción salarial.

Esto es una ley inamovible del sistema capitalista y nada ni nadie lo podrá cambiar mientras el capitalismo sea el modelo imperante. Por eso, solo nos queda rezar para que acabe pronto.
¿Cuánto es suficiente para el paradigma capitalista? Todo es absolutamente insuficiente. 
http://bernardoperezandreo.blogspot.com.es/2012/03/cuanto-es-suficiente.html

22 noviembre 2012

'El Crash de la Información', Crisis financiera, Desinformación, Max Otte


Las cosas están cambiando demasiado deprisa para mal.

 recomendando el libro El crash de la información. Los mecanismos de la desinformación cotidiana, de Max Otte.

 En 2006 Otte publicó un libro que llevaba el profético título ¡Que viene la crisis!, que lo hizo famoso.

Es doctor por la Universidad de Princeton y en la actualidad es profesor en el Instituto de Ciencias Aplicadas de Worms a la vez que dirige el Instituto de Desarrollo Patrimonial de Colonia, entre otras cosas.

Ideal para comprender el origen de la actual crisis financiera y su desarrollo. Aunque poco tiene que ver el tema con un historiador de la medicina, hay que señalar que las crisis de lo económico tienen repercusión inmediata en la vida cotidiana y desde luego en lo que es la organización de la educación, de la enseñanza y de la asistencia médica de un país.

Creo que el mundo académico asiste con mucha alegría y sin ningún tipo de crítica a una serie de cambios que tienen un sello inconfundible que poco tiene que ver con los valores que hasta ahora nos han alentado.

El libro no solo trata de explicar la actual crisis, el colapso de los mercados financieros sino que va más allá.

Se adentra en el mundo de la desinformación en el que estamos totalmente inmersos. Nos engañan sin grandes disimulos las grandes empresas.

Pensemos por un momento en nuestra experiencia con las distintas marcas que ofrecen servicios telefónicos; tarifas engañosas y condiciones plagadas de cláusulas ocultas, por no hablar de la calidad de los servicios.

Se refiere también a otro ejemplo palmario: cómo las grandes empresas de alimentación desorientan al consumidor en todos los aspectos:
desde el peso de los productos, a sus características nutritivas, pasando por su precio, etc.
Se trata de prácticas totalmente ilegales pero que los estados permiten.

Otro ejemplo que acomete de forma minuciosa es cómo se desenvuelven los bancos con sus clientes.

Pero el libro va más allá: cómo los medios de comunicación, cómo los periodistas contribuyen a la desinformación. Incluye aquí a todos los que se expresan a través Internet, medio que muchos creen de forma ingenua que va ser “la salvación del mundo”.

Algunos aspectos del libro apoyan sensaciones personales que nunca había visto expresadas de esta forma clara. Me refiero a las distintas formas que tienen de ver las cosas el mundo anglosajón y la Europa continental. La diferencia es grande y está también en la base de los problemas que están surgiendo actualmente en muchos aspectos sociales, por ejemplo la enseñanza, la investigación y la difusión de conocimientos. El autor proporciona referencias a los clásicos y pone varios ejemplos al respecto. Desde hace unos años asistimos a una entrega acrítica a todo lo anglosajón. No se necesita ser ningún gran pensador para darse cuenta de que con una lengua no sólo penetran significados sino que entran también valores, normas, símbolos, ideas y creencias, conductas… formas de ver el mundo, en definitiva.

Por otro lado, la continua obsesión consciente e inconsciente de llevarnos a todo hacia la misma orilla, de entregarse sin condiciones ni matices, resulta terriblemente empobrecedor. Pero, eso sí, para otros supone negocios suculentos. Los ejemplos que utiliza el libro, como la mayoría, hacen referencia a Alemania, lo que es un valor añadido.

Incluso el autor se atreve a dar algunas soluciones, a proponer algunas recomendaciones para el lector, lo que tampoco suele ser habitual. Aunque las recetas no son una gran cosa, creo que el mensaje sí es claro: que se fomente el espíritu crítico.
A los ‘globalizadores’, a los sinvergüenzas’ y ‘bribones’ que nos acosan durante todo el día no hay nada que les siente peor que les contradigan con argumentos.

mas :
http://www.slideshare.net/charlotte21/otte-el-crash-de-la-informacin#btnNext

 Hoy en día, la necesidad de crear necesidades ficticias es el verdadero negocio de los negocios.

Otte, en su libro, dedica un apartado especial a Ikea. Lo hace porque se esmera en explicar a lo largo de varios capítulos como hemos llegado a vivir en una economía extraña en la que se deja de ponderar el valor real del producto para tan sólo tener en cuenta el precio (bajo) de las cosas.
Así, al hablar de Ikea, Otte desgrana su sistema de venta haciéndonos pensar en qué es lo que hacemos cuando, ataviados con un metro y un lápiz, recorremos convulsos pasillos repletos de luces y sofás:
El efecto psicológico de este sistema de paseo tan bien pensado es muy simple, y quién va a Ikea debe hacerlo con tiempo.
Aquí no se puede comprar deprisa; ya el viaje hasta la tienda, situada normalmente en la periferia de alguna gran ciudad o conurbación, lleva cierto tiempo, y el paseo por la tienda de muebles, incluso sin guía vendedor, exige normalmente más de dos horas.

Eso es precisamente lo que se pretende [...] Lo que les pide a cambio a sus clientes es una gran atención. Se evitan interferencias externas como la de la luz del día para que el cliente se pueda concentrar en lo que le ofrece la exposición y opere eficazmente el impulso de compra. Esa psicología funciona sobre todo con respecto a los artículos que no constituyen aparentemente el centro de las competencias de Ikea:
Los clientes acuden a mirar muebles, pero en realidad lo que más venden en las tiendas de Kamprad son accesorios, cuyo precio medio está claramente por debajo del de los muebles. [...]
La comparación de precios que antes habían hecho, en beneficio de Ikea, con respecto a un sofá (no comprado), no se reproduce con respecto a las velitas de té, las tazas de café y las macetas. El cliente está cansado, los niños querrán seguramente salir del “paraíso”, y todos acaban metiendo en la cesta a toda prisa un par de fruslerías.
 El autor hace un estudio bastante detallado de todos esos elementos cotidianos que contribuyen a la desinformación. Para él, este virus ―así lo define― es el resultado de la crisis financiera mundial que estalló en 2008, dominando desde entonces «nuestra economía y nuestra sociedad.

No solo las empresas, asociaciones y políticos, sino también los llamados expertos, lanzan al mundo gran cantidad de verdades tras las que se suelen ocultar grandes intereses».  

Los mercados votan todos los días, fuerzan a los gobiernos a adoptar medidas impopulares ciertamente, pero indispensables. Son los mercados los que tienen sentido de Estado; estas son las declaraciones del especulador George Soros, publicadas por La Reppublica el 28 de enero de 1995. 

 Ni Ted Turner dela CNN, Ni Rupert Murdoch de News Corporation Limited, ni Bill Gates de Microsoft, ni Jeffrey Vinik de Fidelity Investiments, ni Larry Rong de China Trust and International Investment, ni Robert Alles de ATT; ninguno de ellos «han sometido jamás sus proyectos al sufragio universal.
[Como para tantos otros nuevos amos del mundo] la democracia no se ha hecho para ellos. […]

Su dinero, sus productos y sus ideas atraviesan sin obstáculos las ciberfronteras de un mercado globalizado. A sus ojos, el poder político no es más que el tercer poder. Antes están el poder económico y el poder mediático. Y cuando se poseen estos, como Berlusconi demostró en Italia, tomar el poder político no es más que un simple trámite».

La época que nos está tocando vivir es insegura, y la razón de ello es muy sencilla: todo es comercializable y partidista. Y sobre todo, la información. Porque la información es poder. Y el hombre es consciente de ello desde hace muchos años, siglos.

 Pero la aceleración de la mundialización liberal hizo que este cuarto poder fuera «vaciándose de sentido, perdiendo poco a poco su función esencial de contrapoder». Los mass media se han ido concentrando para transformarse en inmensas estructuras que han dado paso a grupos mediáticos, holdings «con vocación mundial; ahora son grupos globales».
La revolución digital ha hecho que sonido, escritura e imagen puedan convivir en un mismo espacio informativo, lo que ha supuesto la caída de los límites que antes separaban estos tres ámbitos, facilitando así esas concentraciones.
"Quien lee periódicos burgueses acaba ciego y sordo. ¡Fuera con los vendajes embrutecedores!", John Heartfield, 1930
Desde sus principios, la información estuvo en el punto de mira de los poderosos. La invención de la imprenta significó para la humanidad algo bueno: permitió la difusión de la cultura de manera masiva. Además dio lugar al despegue de las comunicaciones informativas.

Los gobiernos pronto se dieron cuenta del peligro que esta difusión podía conllevar para sus parcelas de poder. Y fue así como empezaron a establecer leyes y normativas que mantuvieran ese peligro alejado.

Ya en el siglo XVIII se prohibieron las crónicas parlamentarias, amparándose en la inmunidad que tenían los componentes de los parlamentos; se gravaron impuestos sobre el timbre o sobre el papel, lo que encareció el producto final, dificultando su venta; se prohibió incluso informar de la Revolución Francesa, hablar de ella podía provocar que sus dogmas revolucionarios se extendieran por toda Europa como la pólvora: fue Inglaterra la que promulgó la Libel Act, por la que podían ser apresados quienes informaran de la situación en Francia

Los periódicos encontraron una manera cómoda de superar todas estas dificultades: se aliaron a los partidos. Y esto provocó un profundo cambio cualitativo en la información que proporcionaban, pues sus contenidos, consecuentemente, ya no eran libres.

La aparición de las agencias de información en el siglo XIX dio un nuevo vuelco al mundo de la información. El periodismo pasó a ser más informativo: las noticias que se difundían eran muy neutrales, carentes de opinión o interpretación.

Las consecuencias no tardaron en emerger: simultaneidad y universalidad informativa. Todos recibían las mismas informaciones, además de hacerlo al mismo tiempo. Y nació así un nuevo poder: el canal único de información. Todo esto no es más que lo que hoy daríamos en llamar la globalización…

Este nuevo poder, aunque no de opinión, era muy poderoso: si bien es cierto que las agencias no difundían opinión, tenían el poder de no difundir una noticia. Surgieron personajes que criticaron duramente este poder. Uno de ellos fue Honoré de Balzac, posicionándose en contra de las agencias y denunciando esta concentración de poder.
En países sumidos en guerra ―la de Crimea, la franco-prusiana, Rusia y Japón, las dos guerras mundiales―, igual que en países dominados por dictaduras, totalitarismos, la prensa se convirtió en propaganda; los periódicos y también las agencias estaban al servicio de los gobiernos y a merced de las medidas de censura de los regímenes o gobiernos a los que estuvieran sometidos.  
Tras la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, la pérdida de credibilidad en la prensa fue brutal: los ciudadanos fueron conscientes de las mentiras que les habían contado. Pero esa situación, a día de hoy, no ha variado mucho, por no decir nada.

Es, resumiendo en una sola palabra, la desinformación de la que nos habla Otte en su libro.
Y la desinformación no es otra cosa que un mecanismo de control de los ciudadanos; en los ejemplos anteriores los gobernantes no querían que sus gobernados supieran los malos resultados en las diferentes contiendas, porque eso podía hacer que la moral de las naciones se desplomase
Hoy, «la desinformación destruye nuestra sociedad; solo beneficia a los mandamases de las grandes empresas, bancos, partidos y grupos de interés».

 Esos medios de comunicación que, no sólo dejan de defender a los ciudadanos, sino que a veces actúan en contra del pueblo en su conjunto»

Otte defiende que existen determinadas fuerzas muy interesadas en convertir la información en desinformación.

Para el autor, las fuerzas motrices de estos intereses son los principales agentes económicos ―los mercados y entidades financieras―; la imprevisión e impotencia de los políticos; y el debilitamiento de los medios de comunicación y el periodismo, convertidos en un «rebaño de incondicionales, que o bien no preguntan cuando un político se contradice, o bien ni siquiera se dan cuenta».

La desinformación, provocada por la sobreabundancia de información para convertirnos en esclavos sin voluntad de la sociedad de consumo, empieza muchas veces en la “letra pequeña” ilegible, en enrevesadas explicaciones de tarifas y condiciones, en interpretaciones ideologizadas de estadísticas y datos de resultados, en la sobreabundancia de imágenes que en realidad no significan nada por encima de la explicación analítica de las mismas… Imágenes.

Dice Ramonet que «informar es, ahora, “enseñar la historia en marcha” o, en otras palabras, hacer asistir (si es posible en directo) al acontecimiento. […] Esto supone que la imagen del acontecimiento (o su descripción) es suficiente para darle todo su significado. […] Y así se establece, poco a poco, la engañosa ilusión de que ver es comprender y que cualquier acontecimiento, por abstracto que sea, debe imperativamente tener una parte visible, mostrable, televisable»
Otte, en su libro, no elabora una teoría de la desinformación perfectamente cerrada, ni tampoco da un programa detallado de acción. Pero sí que apunta posibles vías a través de las cuales podemos desligarnos de esa sociedad de la desinformación. Es necesaria la creación de redes (de todo tipo, virtuales y reales) que sean de nuestra absoluta confianza; obviamente, si queremos obtener confianza antes debemos darla nosotros; es imprescindible profundizar en nuestros conocimientos humanísticos y de historia, porque nos ayudarán a ver con otra perspectiva el mundo actual; buscar otras alternativas para informarnos, como por ejemplo libros, Google no es más que otra herramienta democratizadora de la sociedad de la desinformación; seleccionar las fuentes de noticias; despertar nuestro interés por las finanzas, las nuestras, por supuesto (no son complicadas de entender, son los banqueros los que nos las complican para que “compremos” los productos que a ellos más les interesa); además de buscar proveedores de servicios financieros de confianza; utilizar los servicios de las organizaciones de consumidores; propone también invertir en empresas que son dirigidas por sus dueños, es decir, empresas pequeñas e incluso alguna mediana, ya que son las que más favorecen las economías locales; hacer oídos sordos a los cantos de sirena: promociones, ofertas y rebajas esconden algo siempre; volvernos ilocalizables, lo que nos dará tiempo para reflexionar; y plantearnos siempre, SIEMPRE, la siguiente cuestión ante todo lo que tengamos enfrente: ¿a quién favorece?
No llegamos hasta este punto de la conversación, pero estoy segura que Rubén estará de acuerdo conmigo en que los medios de comunicación deben retomar con honestidad sus funciones políticas: informar con veracidad; interpretar la realidad; contribuir a la creación de una opinión pública; fijar la agenda política, o contribuir a ello; en base a una serie de situaciones, denunciar de manera clara sobre qué temas deben preocuparse y actuar los políticos; control del gobierno o del ejecutivo. El periodista debe defender la libertad de información, pero no la suya, sino la de los ciudadanos.

Son necesarios largos años antes de que los valores que se apoyan en la verdad y la autenticidad morales se impongan y se lleven por delante el cinismo político; pero, al final, siempre acaban ganando la batalla
Vaclav Havel

Max Otte se define varias veces en su libro El crash de la información como un liberal. Si pensamos quiénes dicen en España que son liberales, la declaración de Otte es como para echarse a temblar y, sin embargo, ha escrito uno de los libros más demoledores que he leído contra el nuevo capitalismo de características netamente feudales.
Y es que no hay que ser un troglodita ni un talibán antisocialista para ser un liberal, en el buen sentido (lo tiene) de la palabra.
Otte es, simplemente, un defensor del social capitalismo, tan alemán. Su defensa del papel del Estado y su voraz crítica al capitalismo salvaje y a la manipulación de la información a la que nos somete, están más cerca de Toni Judt (por citar a un socialdemócrata confeso) que al antisocialismo talibán de muchos de los que aquí se autoproclaman liberales, pensando que esto significa ser egoísta y mentiroso, precisamente lo que denuncia Otte.
Otte es un férreo defensor del capitalismo, pero de aquel que está basado en la búsqueda de la riqueza para todos, es decir, un capitalismo que aumente la riqueza de los países y que conlleve una mejora en la calidad de vida de todos sus ciudadanos, bajo la tutela del Estado. Sin embargo, denuncia, estamos en una situación completamente opuesta: hoy en día no se puede hablar de una economía de mercado libre… grandes señores… ejercen su primacía cediendo parte de sus privilegios a sus seguidores y vasallos más fieles (página 272). Y, claro, ni el Estado se libra de ese vasallaje y la corrupción política aparece con facilidad.
Es espeluznante el caso que relata de una cajera (de la cadena de supermercados alemana Kaiser's) despedida, después de 31 años trabajando allí, por un supuesto hurto de 1,30 euros denunciado por una sola de sus compañeras. Fue acusada de haber utilizado dos vales de reembolso por envases de bebidas que al parecer había perdido un cliente. ¡Y la Audiencia Regional de Trabajo consideró el despido justificado! (ver página 274) Qué distinto del tratamiento que reciben los directivos de los bancos a los que llevaron a la ruina y que, encima, se llevaron millones por abandonar el cargo.
Tampoco tiene desperdicio la genial idea de Monsanto, una compañía americana de semillas, que consiguió que los que le compraban no pudieran guardar un remanente de su propia cosecha para la siembra del año siguiente porque introdujeron una cláusula que indicaba que las semillas que vendían eran ¡de un solo uso! (páginas 187-188).
Y todo lo que sucede, el continuo empobrecimiento de la mayoría en beneficio de una exigua minoría, es transmitido a través de los medios de comunicación, de la publicidad o de los discursos como si fuera lo mejor que nos puede suceder.
Cada organismo privatizado, que conlleva una merma del servicio que ofrece, nos es explicado como todo lo contrario. Cada incremento de precio o comisiones, cada aparato peor construido y menos duradero, cada necesidad creada nos son ofrecidos como grandes oportunidades para los consumidores, que poco a poco vamos perdiendo nuestro estatus de ciudadanos con capacidad de decisión para convertirnos en trabajadores esclavizados que tenemos que dar las gracias por conservar aún nuestro puesto de trabajo.
El declive del sistema de enseñanza, la proliferación de información que acaba produciendo un exceso y, por lo tanto, una dispersión que acaba por impedir la concentración y la reflexión, todo ello nos convierte en seres indefensos ante quienes tienen un poder que, como en el caso de los dirigentes de las grandes empresas, ni siquiera se juegan su propio dinero, sino el de unos accionistas que no tienen capacidad de decisión y que pueden ver como sus ahorros se reducen a la nada por una mala gestión de esos dirigentes que se marcharán con un enorme bonus bajo el brazo, dejando una empresa con la que jugaron a corto plazo para la especulación de algunos y la ruina de otros muchos.
Otte recurre a muchos economistas "clásicos" para denunciar lo que sucede ahora y que ellos ya supieron ver: Galbraith o Rüstow están entre sus favoritos. Pero yo me quedo con una cita de List, que decía: "el miembro más productivo de una sociedad no es el que cría más cerdos sino el que educa más personas" (página 284).

Pero al usuario actual, en este momento de cambios, le sigue sorprendiendo que las cosas vayan a peor y no a mejor. Con la privatización de los servicios de energía eléctrica, agua, teléfono y correos, que según la publicidad debía significar para el usuario un abaratamiento, se ha demostrado que sucede exactamente lo contrario.

En las tarifas de la energía eléctrica domina tal desbarajuste en la tabla de precios, que en Internet ya se han creado portales —en particular verivox .de— que le calculan a cada uno cuál es el proveedor y la tarifa que le resulta (supuestamente) más barata . Tales portales aprovechan evidentemente en su propio beneficio el caos existente en las tarifas del suministro de energía eléctrica: según sus propios datos, Verivox alcanzó en 2008 un volumen de facturación de 30 millones de euros, lo que significa claramente que ese portal de comparación de tarifas es comercial, y por lo tanto no es independiente . Cada cambio de tarifa o de compañía que se realiza en él le supone una comisión.
 Por supuesto, en el libro se habla de la publicidad, especialmente de la engañosa, cuando, como ocurre con frecuencia, se le atribuyen a un producto o servicio cualidades que no tienen. Pero también de la ocultación deliberada de información, de las mentiras ofrecidas como información veraz o del exceso de datos irrelevantes que buscan desorientar al ciudadano. Y todas estas modalidades del engaño se ejemplifican en el libro: con los casos de todos conocidos ocurridos en el mundo financiero o en el político; pero también con lo que ocurre en sectores como el de la alimentación, donde se miente descaradamente sobre las cualidades de los productos, su origen, sus propiedades y sus efectos.

El autor también reflexiona sobre la manera en que empresas y gobiernos recaban información sobre la ciudadanía. A través de Internet, de nuestras tarjetas bancarias, de las tarjetas de cliente de los supermercados se capturan datos y se crean perfiles. Si, como insiste Otte, la información es poder hay quienes saben mucho de nosotros: nuestros gustos y preferencias, dónde trabajamos, qué y dónde compramos, qué libros leemos, qué música escuchamos. Las empresas compran y venden esos datos, pero el fin último de obtenerlos y almacenarlos no es meramente traficar con ellos.

Como colofón del libro, Otte nos propone varias acciones que podemos emprender para vernos libres de esa máquina de mentiras que es nuestra sociedad: 
buscar información en medios alternativas, evitar el uso de tarjetas, no completar perfiles en Internet, reservarnos tiempo para nosotros mismos apagando el móvil y el ordenador, asociarnos a organizaciones y cooperativas de consumidores, leer más.

"Tenemos más desinformación que nunca, ¡y gratis!"


Max Otte no es ningún alarmista rojoide, sino un destacado militante democristiano dedicado a la inversión en bolsa. Tras doctorarse en Princeton y reorganizar el servicio de estudios del Ministerio de Economía alemán, Otte alcanzó notoriedad al publicar en el 2006 '¡Que viene la crisis!' y profetizar el tsunami de las 'subprime' que todavía pagamos. Ahora publica 'El crash de la información', donde explica la degradación de los media (hoy 'Gran Hermano' ocupa el canal que la semana pasada emitía un buen informativo) e, invitado por La Fundació Consell de la Informació de Catalunya, anticipa un futuro que nos exige rearmar nuestra democracia o resignarnos a acabar subempleados en una franquicia.
Hoy disponemos de decenas de cadenas de televisión; miles de portales de internet y decenas de miles de blogs, pero estamos peor informados que hace 30 años: más desinformados y por ello más manipulables.

Hemos pasado de los medios de masas a la masa de medios.
Pero masa no quiere decir calidad. Al contrario: se han multiplicado, pero también empobrecido los contenidos. La mayor parte de los textos e imágenes que nos sirven –gratis– en todo tipo de pantallas ni aportan nada ni son fiables. Constituyen una cacofonía insulsa de mensajes caóticos y banales.

¿No cree que hay de todo como antes?
Antes las empresas informativas de referencia servían información-interpretación jerarquizada por periodistas serios, bien pagados y relativamente independientes.

¿Y ya no quedan periodistas de esos?
Están amenazados por la separación de publicidad y contenidos. Sobre esa unión se fundó la prensa de calidad, pero hoy la gente ya no mira anuncios, sino que busca lo que quiere comprar directamente en internet y, por eso, la publicidad, que antes financiaba la información rigurosa, ya no se invierte en los grandes medios de referencia. Los diarios serios son más necesarios que
nunca, pero han dejado de ser rentables.

Habrá de todo...
Esa degradación es la tónica dominante en EE.UU., donde me doctoré en Princeton, y en Alemania, cuyo Ministerio de Economía ayudé a reestructurar. Y en todo el mundo.

¿Qué futuro nos aguarda?
Los periodistas están siendo sustituidos por una nueva ola de meros  gestores de contenidos, aleccionados para limitarse a obtener más clics en las noticias. Ya no deben interpretar y jerarquizar contenidos por importancia o interés, sino sólo por su audiencia inmediata. De esa forma nos  desinforman.

Espero que nos dé tiempo a jubilarnos.
No es sólo un problema corporativo de los periodistas. El hundimiento de la información se inscribe en la regresión de la historia: el capitalismo total nos hace retroceder a un neofeudalismo, que concentra el poder y el dinero en pocas manos y condena al resto a la desinformación, la deseducación y, a la larga, la servidumbre y la pobreza.

¿Es una conspiración?
No creo en conspiraciones. Es una lógica, la de la selva capitalista, que se impone poco a poco y empobrece primero el criterio, la educación y la información de las clases medias; después limitará sus rentas. Y eso que sucede con la información, ocurre también con la formación, los servicios públicos y la representación política. Y su correlato empresarial es la economía franquiciada.

Cada vez hay más franquicias, pero...
La franquicia es deconstrucción de un proceso productivo. La central concentra todo el poder de decisión y condena al resto a ejecutar como robots tareas que no requieren formación. En McDonald's un puñado de directivos deciden en la central hasta el tamaño de los pepinillos que  servirán en todo el planeta y a los miles de empleados de cada restaurante franquiciado no les queda margen para el aprendizaje o el progreso.

Es un modelo.
Es el modelo. Esos empleados no necesitan formarse sino desinformarse para no sentirse frustrados por una vida en la que no controlan nada y no aprenden nada al trabajar.

Pero aún tenemos democracias.
¿No ha visto cómo se ha resuelto esta crisis que pronostiqué? Se nos ha culpabilizado a todos de los abusos de unos aprovechados y estamos pagando sus desmanes con recortes en sueldos y servicios públicos. Y fíjese
dónde acaban los ex políticos a cambio del favor: a sueldo de las multinacionales.

Se habló de nueva regulación bancaria.
Han hecho lo contrario, se ha reforzado el capitalismo total. Se acata la lógica de la pretendida eficiencia cuantificable y se condena de antemano cualquier otra consideración intelectual, humanística o de justicia.

Suena apocalíptico y marxistoide.
Pues soy socialcristiano y moderado. Sólo constato el sentido de la historia: avanzamos en el capitalismo total hacia un nuevo feudalismo que liquida los derechos de las clases medias. Y la política se ha rendido a esa lógica. Cuando estaba en el Ministerio de Economía, un alto funcionario veterano me explicó cómo los presidentes de las multinacionales hacían cola para ver al ministro Erhard: ¡hoy son los ministros los que hacen cola para mendigar favores a banqueros y presidentes de empresa!

¿Y la desinformación de las clases medias forma parte de ese proceso?
Es su consecuencia y a su vez lo acelera. Pronto verá cómo, una vez liquidados o reducidos a la banalidad más o menos rentable los medios privados de calidad, las empresas informativas públicas serán tachadas de ineficientes y obsoletas.

Al menos tienen rentabilidad política.
Algunos medios sobreviven al vender su independencia a un partidismo político cada vez más descarado a cambio de subvenciones y concesiones. A su vez esos políticos sirven a los nuevos señores feudales de la banca y la empresa, que no necesitan ganar elecciones para mandar.

Llámeme ingenuo, pero creo que el buen contenido siempre halla su lector.
Ambos están desapareciendo: el lector desinformado acaba por conformarse con los contenidos más superficiales.

"Puede que estemos ante una eterna burbuja económica"


Max Otte (Plettenberg, Alemania, 1964) se convirtió en 2008 en uno de esos gurús que llevaban tiempo advirtiendo sobre el fin del que entonces se antojaba un ciclo de crecimiento inacabable. Pero eso ya queda atrás, y lo que denuncia ahora es la vuelta a un capitalismo que considera "feudal". Su libro El crash de la información (Ariel), que ha presentado esta semana en el Consejo Audiovisual de Cataluña, destila indignación ante el rescate de los grandes bancos con dinero público o la desinformación a la que, a su juicio, las grandes corporaciones someten al consumidor. Podría parecer un enemigo acérrimo del capitalismo, pero no lo es. Doctorado en Princeton, hoy dirige el Instituto de Desarrollo Patrimonial de Colonia y es gestor independiente de fondos.

"El euro resistirá, pero la comunidad económica puede sobrevivir sin él"

"El Estado no ha fallado. Lo dejamos sin apenas poder antes de la crisis"

"La recuperación pasa por que los bancos refuercen sus fondos propios"
Pregunta. Tras la quiebra de Lehman Brothers se hablaba de "refundación del capitalismo". ¿Dónde ha quedado aquello?

Respuesta. No queda nada de eso. ¿Qué capitalismo hemos tenido en los últimos 10 o 20 años? Yo lo llamo nuevo feudalismo. Quienes más influencia han tenido en la sociedad han sido las grandes empresas, en lugar de los políticos, que se han quedado sin apenas poder. Una economía de mercado real debería estar controlada por los mercados, y ha estado planificada por las grandes corporaciones. Y los Estados han trabajado para ellas en vez de servir a sus ciudadanos. Lo vemos en la actual crisis europea, en la que estamos salvando a los bancos. La gente de Grecia o Irlanda, pero también de Alemania, está pagando para que los bancos sean salvados.

P. ¿Esta crisis es un ataque contra el euro?
R. Yo estoy en contra del euro. No lo estoy del sistema monetario europeo que teníamos antes. Es decir, tipos de cambio fijos, pero monedas nacionales. No necesitamos el euro para una integración económica.

P. ¿Eso no debilitaría todavía más Europa?
R. En absoluto, no creo que se viniera abajo. Podríamos seguir siendo una comunidad económica volviendo a las monedas nacionales.

P. La canciller alemana Angela Merkel dijo que en realidad no se trata de salvar al euro, sino a Europa.
R. No estoy de acuerdo. Europa y el euro no son lo mismo. El euro creó esta crisis, y Europa puede ser mejor sin la moneda única.

P. ¿El euro resistirá?
R. Desearía que no lo hiciera, pero nadie dejará que se venga abajo. Los políticos europeos, también los alemanes, están saliendo a defenderlo. Y además, en general, Europa lo está haciendo mejor que Estados Unidos, que es quien tiene el problema. Su déficit es alto, del 11%...

P. Pero los mercados castigan la deuda de los países europeos. Primero fue Grecia; luego, Irlanda. ¿Le seguirá Portugal?
R. No hay problema, lo salvaremos.
P. ¿España también? El tamaño de la economía es casi ocho veces mayor al de Irlanda...
R. Es la mitad que la alemana. También. Eso es lo de menos.
P. Pero ¿cree que España tendrá que ser salvada?
R. No. El euro puede aguantar. Aun así, los planes de rescate no son para salvar a los ciudadanos irlandeses ni a los griegos, sino a sus bancos.
Es un error. ¿Por qué no dejamos que se declaren en bancarrota? De todos modos, el euro estaría en aprietos si tuviéramos el problema de las titulizaciones hipotecarias, pero no ha habido un boom inmobiliario europeo. Salvo en España, aunque podemos gestionarlo.

P. ¿La clave para salvar el euro es Alemania?
R. Sí, y se implicará.

P. ¿Estamos ante una crisis sistémica o cíclica?
R. Sistémica, pero podríamos hallarnos en una burbuja económica eterna. Los libros de texto no hablan de ello, de una burbuja que se forma, explota, luego se hace otra, vuelve a estallar... No es el que tenemos ahora, pero podríamos llegar a un sistema muy inestable, de burbujas que se van hinchando y estallando sucesivamente.

P. En el libro incide mucho en la desinformación económica. ¿Los casos de los rescates que se han ido produciendo, en los que abundan los rumores y los desmentidos, son un ejemplo?
R. Sí. Los bancos están dominando el diálogo público. El problema ahí es que hay muchos economistas trabajando para ellos o para grandes instituciones y pocos que sean independientes.

P. ¿Cómo salir de esta crisis?
R. Para que los mercados funcionen correctamente, los bancos necesitan más fondos propios, porque esa es la base del capitalismo. No puede ser que algunos tengan unos fondos propios del 3% o 4% cuando en realidad requieren un 8% o 9%. Insisto, la base del capitalismo es el capital, y los bancos no lo tienen, lo cual no deja de ser extraño.

P. De esa refundación del capitalismo de la que hablábamos dice que solo ha quedado el debate sobre las remuneraciones de los ejecutivos.
R. Sí, y es un debate secundario. Los ejecutivos no son mejores que los burócratas o los políticos, y de hecho son burócratas dentro de sus grandes corporaciones. Sus sueldos son excesivos, pero ese no debería ser el debate.
P. Al principio de la crisis parecía que la socialdemocracia saldría fortalecida frente al liberalismo. No ha sido así.
R. Es raro. La gente pensó que ante esa terrible crisis el Estado había fallado. No es cierto. Lo que ha ocurrido es que hemos mantenido a los Estados pequeños, dejándolos sin demasiadas opciones para ejecutar políticas contra la crisis, que es lo que la gente demandaba. Ahora necesitamos un Estado, políticas y un gasto mejores.
P. ¿La solución pasa por un Estado más fuerte?
R. Por más democracia. Porque ahora hay un socialismo para los bancos.
P. ¿Por qué habla de feudalismo?
R. Vivimos en una sociedad dirigida por el dinero. Por ejemplo, hay ministros que mientras lo son ya se están procurando un trabajo para cuando dejen de serlo. Luego los vemos en una gran empresa. Y eso lleva a una cierta corrupción, porque no realizan sus políticas de forma independiente. Por otra parte, las grandes sociedades están comprando la opinión pública. Contratan a relaciones públicas, pagan a gente para que escriba bien de ellos en los blogs de Internet... No estoy hablando de que haya una conspiración, lo que ocurre es que el dinero puede comprarlo todo.
P. ¿No es contradictorio hablar de desinformación en la era de Internet?
R. No. A través de Internet tenemos más desinformación. Se confunde al consumidor para ganar más dinero o lograr más poder. E insisto, no es ninguna conspiración.
P. Pero la Red parece haber democratizado la información...
R. En Internet hay chats o foros... Eso no aporta información. La información requiere pensar. Y periodistas cualificados, pero cada vez hay menos porque en Internet casi todo es gratis. No creo en el periodismo ciudadano. Los bloggers a veces descubren cosas, y eso está bien, pero no creo que sean reporteros porque para serlo se requiere especialización, cualificación y una institución detrás para tener editores. Una sola persona no puede hacer todo eso. Necesitamos profesionales.



19 noviembre 2012

EDUARDO GALEANO: Sobre la esclavitud moderna

El escritor uruguayo convocó a cientos de estudiantes, que fueron hasta nueve horas antes de que hablara para conseguir entrar. El tema era uno “que ya no suele tocarse”, el del trabajo “y el del miedo que tenemos todos de quedarnos sin trabajo”. Fue escuchado en un silencio profundo y aclamado al final.
 Ocurrio en Chincago en 1886:

1º de mayo, cuando la huelga obrera paralizó Chicago y otras ciudades, el diario Philadelphia Tribune diagnosticó: El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal, y se ha vuelto loco de remate.

Locos de remate estaban los obreros que luchaban por la jornada de trabajo de ocho horas y por el derecho a la organización sindical.

Al año siguiente, cuatro dirigentes obreros, acusados de asesinato, fueron sentenciados sin pruebas en un juicio mamarracho. Georg Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons y Auguste Spies marcharon a la horca. El quinto condenado, Louis Linng, se había volado la cabeza en su celda.

Cada 1º de mayo, el mundo entero los recuerda.

Con el paso del tiempo, las convenciones internacionales, las constituciones y las leyes les han dado la razón.

Sin embargo, las empresas más exitosas siguen sin enterarse. Prohíben los sindicatos obreros y miden la jornada de trabajo con aquellos relojes derretidos que pintó Salvador Dalí.


Una enfermedad llamada trabajo

En 1714 murió Bernardino Ramazzini.

El era un médico raro, que empezaba preguntando:

–¿En qué trabaja usted?

A nadie se le había ocurrido que eso podía tener alguna importancia.

Su experiencia le permitió escribir el primer tratado de medicina del trabajo, donde describió, una por una, las enfermedades frecuentes en más de cincuenta oficios. Y comprobó que había pocas esperanzas de curación para los obreros que comían hambre, sin sol y sin descanso, en talleres cerrados, irrespirables y mugrientos.

Mientras Ramazzini moría en Padua, en Londres nacía Percivall Pott.

Siguiendo las huellas del maestro italiano, este médico inglés investigó la vida y la muerte de los obreros pobres. Entre otros hallazgos, Pott descubrió por qué era tan breve la vida de los niños deshollinadores. Los niños se deslizaban, desnudos, por las chimeneas, de casa en casa, y en su difícil tarea de limpieza respiraban mucho hollín. El hollín era su verdugo.

Desechables

Más de noventa millones de clientes acuden, cada semana, a las tiendas Wal-Mart. Sus más de novecientos mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociación. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibió en 1992, la Medalla de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de los Estados Unidos.

Uno de cada cuatro adultos norteamericanos, y nueve de cada diez niños, engullen en McDonald’s la comida plástica que los engorda. Los trabajadores de McDonald’s son tan desechables como la comida que sirven: los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicalizarse.

En Malasia, donde los sindicatos obreros todavía existen y actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett Packard lograron evitar esa molestia. El gobierno de Malasia declaró union free, libre de sindicatos, el sector electrónico.

Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las ciento noventa obreras que murieron quemadas en Tailandia, en 1993, en el galpón trancado por fuera donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart Simpson y Los Muppets.

En sus campañas electorales del año 2000, los candidatos Bush y Gore coincidieron en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo norteamericano de relaciones laborales. 

“Nuestro estilo de trabajo”, como ambos lo llamaron, es el que está marcando el paso de la globalización que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más remotos rincones del planeta.

La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar cien mil años para ganar lo que gana en un año un ejecutivo de Nike en los Estados Unidos.

Es la continuación de la época colonial, en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnología además de producir, como antes, caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial.

Desde 1919, se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo.
Según la Organización Internacional del Trabajo, de esos 183 acuerdos,
Francia ratificó 115,
Noruega 106,
Alemania 76 y los
Estados Unidos... 14.

El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este país que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley es el que ahora dice que no habrá más remedio que incluir “cláusulas sociales” y de “protección ambiental” en los acuerdos de libre comercio.

¿Qué sería de la realidad sin la publicidad que la enmascara?

Esas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre.

Desde que Ernesto Zedillo dejó la presidencia de México, pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 países. Además, encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes:
en idioma tecnocratés, se indigna contra “la imposición de estándares laborales homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales”.

Traducido, eso significa: olvidemos de una buena vez toda la legislación internacional que todavía protege a los trabajadores.
El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud. Pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro:

“Para competir, hay que exprimir los limones”. 

Y no es necesario aclarar que él no trabaja de limón en el reality show del mundo de nuestro tiempo.

Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no está concentrado. Así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada.
Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota.
De cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa.
De los 81 obreros de Petrobras muertos en accidentes de trabajo a fines del siglo XX, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad.
A través de trescientas empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo.
En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un estado que en nombre del socialismo se ocupa de la disciplina de la mano de obra: “Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social, para asegurar un clima favorable a los inversores”, explicó Bo Xilai, alto dirigente del Partido Comunista chino.

El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden:

a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad. 

A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por tantos años de dolor y de lucha.

Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman “sweat shops”, talleres del sudor, crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto.

Ocho de cada diez nuevos empleos en la Argentina están “en negro”, sin ninguna protección legal.
Nueve de cada diez nuevos empleos en toda América latina corresponden al “sector informal”, un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios.

La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores, ¿serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?

En el mundo al revés, la libertad oprime:
la libertad del dinero exige trabajadores presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe cualquier trabajador, en cualquier lugar.

El miedo al desempleo, que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia más universal. ¿Quién está a salvo del pánico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo?
 ¿Quién no teme convertirse en un “obstáculo interno”, para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que “hemos eliminado los obstáculos internos”?

Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide al mundo en domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.

Un raro acto de cordura

En 1998, Francia dictó la ley que redujo a treinta y cinco horas semanales el horario de trabajo.

Trabajar menos, vivir más: Tomás Moro lo había soñado, en su Utopía, pero hubo que esperar cinco siglos para que por fin una nación se atreviera a cometer semejante acto de sentido común.

Al fin y al cabo,
¿para qué sirven las máquinas, si no es para reducir el tiempo de trabajo y ampliar nuestros espacios de libertad? 

¿Por qué el progreso tecnológico tiene que regalarnos desempleo y angustia?

Por una vez, al menos, hubo un país que se atrevió a desafiar tanta sinrazón.

Pero poco duró la cordura. La ley de las treinta y cinco horas murió a los diez años..............


Los derechos de los trabajadores       ¿Un tema para arqueólogos?
Eduardo Galeano    Página 12